BÚNKER – TOTEKING

A una gran cantidad de jóvenes les da vergüenza desarrollar su talento. El principal motivo es la falta de un espacio propio. Convivir con padres, integrar un grupo de amistades que no comparten ese interés, trabajar frente a la sombra de alguien a quien se admira. O la falta de referentes. Por supuesto, no hay que olvidar las voces de la propia cabeza. Esas que resaltan los fallos y menoscaban los resultados. Muchos podrán identificarse. Búnker es una historia interdisciplinar cuyo protagonista abre, cierra y destroza puertas de su pasado que eran una necesidad o que más tarde tomaron ese cariz durante su escritura. La potencia de la película Tiburón (Jaws) radicaba precisamente en lo que no se ve. Entrar en este libro es saltar al océano de noche y sentir que algo se mueve alrededor.

Toteking
Foto de elespanol.com

Toteking, como más se conoce a Manuel González (Sevilla, 1978), es distinguido por ser uno de los mejores raperos de la escena española. ¿Quién podría discutirlo? Quizás su propia humildad y sería fracturada por el peso de su público. Siempre ha destacado como un letrista versátil que ha llenado su extensa discografía de referencias literarias, cinematográficas y musicales. Detrás de todos los guiños había un gran lector. Hoy, detrás de ese lector compulsivo coexiste un escritor.

Su opera prima es una confesión. Se ha colgado en el saco de boxeo y ha entrenado contra sí mismo. Fuera esquirlas, encontramos su verdad. Podemos apreciar entre líneas cómo se desfoga y derrota, cómo busca cierta justicia y duda de muchas acciones. La honestidad dirige el timón y no siempre a rutas inofensivas.

Mi edición de Búnker
Editorial Blackie Books

Antes de que el rap se abriese a la sociedad las reglas eran distintas. Había que rapear en el cuarto, controlando la voz para que no lo escuchen en habitaciones anexas. La ropa ancha no estaba diseñada para jóvenes flacos con esa pasión. La masa ridiculizaba al raro, menospreciaba su música y hacían aspavientos con las manos para simular lo que creían que era el Hip Hop. Incluso en los conciertos, los dueños de sala, así como las discográficas, intentaban timar a la banda de rap de turno, pues no eran tomadas en serio. Ese traje de vergüenza a medida era asfixiante y diario.

Por suerte las cosas cambian. Toteking poco tiene que ver con sus primeros años. La literatura ha supuesto uno de sus refugios durante décadas. Ha leído a autores que le han ayudado a ampliar ese mundo interior que no dejaba de ser extenso por inclinación innata. Su autor-guía, casi a nivel de tutor con los años, ha sido Enrique Vila-Matas. Aquella obra llena de genialidad y estimulación, propia de lectores que leen sobre libros, escritores y otros lectores.

Vila-Matas y Toteking
Foto por elpais.com

Aquel escritor consagrado ha aceptado estos años la conversación, amistad y dedicación de consejero para Tote. Prueba de ello es el prólogo que desarrolla en este libro, bajo el título de <<El tiburón salió del agua>>. Los lectores de Toteking le debemos a Vila-Matas ese último empujón para que se animase a plasmar por escrito el puzle que dentro iba formando con tantas experiencias.

Él, que siempre había mirado a la plaza de escritor con respeto porque conocía joyas literarias que extasían cuando se enfrentan por primera vez, por fin vence esa timidez, ese respeto o miedo. Acepta la vergüenza de desarrollar su talento. Y consigue que reluzca, sentirse satisfecho. Su Búnker consigue mantenerse en pie y que podamos visitarlo de un tirón o a saltos. Lo siguiente es una incógnita pero su llegada es certera. Ya se ha pronunciado a ello, quiere escribir ficción. Ni siquiera debería sorprender. Lleva décadas contando historias en una disciplina diferente.

  Arranca su libro narrando:

Odio a la gente. Odio a los hombres, a las mujeres, y a los no binarios. Odio a las mascotas y a las personas que despiertan cada día con energía y ganas de desayunar.

Odio a la gente que disfruta regateando en un mercadillo y a las personas con talento e intuición para los negocios.

Odio que vengan visitas a casa. Vivo en un búnker que María y yo construimos, y lo único que quiero es atrincherarme dentro con todo lo necesario para sobrevivir sin rozarme con la gente. Porque odio a la gente, a casi toda. Incluso a mis amigos, sobre todo a los que me atosigan por Telegram. Tengo bloqueada al 80 por cierto de mi agenda en Telegram.

Odio el rap.

Soy un mercenario musical, un intruso, un turista que descubrió el hiphop por casualidad y se quedó a vivir en él porque no encontró un lugar mejor para establecerse. Mi padre solía decir que siempre me he quedado con lo primero que me caía encima. Currar de profesor exigía madrugar y odio madrugar. Hago rap por no madrugar.

Disfruten del viaje, futuros lectores.

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