Música

Si acaso, la influencia más directa que se puede ejercer.

Eso es la música. Una suerte de vínculo, un lenguaje del cuál es casi imposible escapar si uno tiene audición. Una comunicación de amor, indiscriminada e intangible. Creo que no existe música de odio. Pueden existir palabras, imágenes. Nunca melodías. No hablo del origen, de la inspiración, hablo del canal por el que fluye. Crear o interpretar música es un acto de comunión con lo invisible, con lo ignoto, con el tiempo y lo que habita en nuestras mentes. Sin olvidar a los demás, que no siendo imprescindibles, completan la emoción.

Sí, muy poético todo, podría decirse. Te has pasado, Alberto. Y casi estaría de acuerdo. Porque lo cierto es que la música se siente más que se explica. La mayoría de las veces sobran las palabras (salvo aquellas que perfilan una buena letra de canción).

Nos enfrentamos a un oleaje sonoro y caben dos posturas: o lo rechazamos frontalmente o nos entregamos sin condiciones porque tenemos la extraña certeza de que la música nos habla, a nosotros en concreto, como si nos conociese.

Surge como un conjuro de generosidad, que requiere su técnica, sus mecanismos, y una gran coalición entre fragilidad y goce, todo el sentimiento expuesto, que arroje al aire una cadencia de secretas claves y repeticiones.

¿Cómo evitar el salto de oyente a intérprete?

Me pregunto.

¿Cómo tocar piezas de ingeniosos músicos y no querer probarse como compositor?

Por eso aprendí a tocar instrumentos de forma autodidacta. Atendí con intensidad a los músicos que veía en directo. Formé bandas, invertí meses tocando la guitarra sólo para mí, musicalicé poemas con amigos, puse melodías a proyectos teatrales, toqué en salas, también en colas de conciertos con otros fans, en fiestas particulares y en azoteas de cara a la calle. He conseguido invitaciones a eventos de gente desconocida que me ha oído tocar en bares con amigos. Me aseguré de que si entraba en una habitación que tuviera una guitarra acabara tarde o temprano entre mis manos. Y no es algo estrictamente forzado, más bien una inclinación del instinto. Siento que me debo a la música, que generar melodías es traer al mundo algo importante (no que mi música sea importante, nada de eso, me refiero al hecho de que cualquiera aporte ritmos y armonías al ruido mundano).

Por ello me fascina.

Jugar, siempre jugar. Aprender por el camino. Admirar con oídos más sabios a los que nos anteceden. Ser eternos alumnos. Y compartir con los demás una pizca de lo que nos ilusiona con tanta vehemencia.

Todo eso, me parece justo.

Haré mi parte.

Alberto Revidiego