EL MANDARÍN – EÇA DE QUEIRÓS

El diablo y sus compraventas. Los eslóganes que las personas conformistas blanden sobre la falta de necesidades para vivir bien son barridas por la tentación, devoradas por la facilidad de tener todo lo soñado con un mínimo esfuerzo. Aquí, en El mandarín, la ambición toma el control. Una persona es sensata hasta que escucha  ciertas palabras. La facilidad de un gesto: agitar una campanilla. Si así se procede, ingente cantidad de dinero se alojará bajo la propiedad del autor de dicho movimiento. A cambio, eso sí, un anciano y anónimo mandarín, en un rincón de la China ignota, dará su último suspiro como reacción a tal iniciativa. <<Tú, que me lees y eres hombre mortal, ¿tocarás la campanilla?>>.

Eça de Queirós
Foto de biografíasyvidas.com

José María Eça de Queirós (Póvoa de Varzim 1845 – París 1900) revistió el carácter de un hombre moderno en aquella segunda mitad del siglo XIX. Era una persona viajada, que apreciaba la llegada de nuevas ideologías y abrazaba la internacionalización de los puntos de vista para obtener una objetividad encaminada a la universalidad en sus negocios y novelas. Trabajó como diplomático en Cuba, Inglaterra y, finalmente, Francia, donde fue nombrado cónsul de Portugal en París. Y mucho de ello puede encontrarse en el protagonista de esta novela publicada en 1880. Intentó despegarse de los cánones del Romanticismo que operaban en la época, apoyando la novela realista en su país.

El deseo de lo inmediato, ¿hay algo más actual dos siglos después? Nuestra sociedad se agita con ese hábito del todo-aquí-ahora. Muchos se preguntan ante la precariedad el sentido de tanto esfuerzo y trabajo. A diario se ven ejemplos de personas que viven frente a una cámara cómodamente. No es extraño que esta novela pueda seducir a cualquiera en esta época que vivimos. El protagonista, Teodoro, es un funcionario del Estado. Vive con estrecheces pero se piensa  afortunado al tener un empleo fijo. Se rodea de otros trabajadores que comparten apariencias débiles ante la rutina y la pasividad. Que el deseo de vivir con ostentosidad se pudiese cumplir a cambio de un mínimo esfuerzo es casi un placer por sí mismo. ¿Y si alguien se lo procurase? ¿Y si la situación se presentase a cualquiera de nosotros?

Mi edición de Acantilado
Foto por Alberto Revidiego

Aquel movimiento pendular de una campanilla podría ser hoy el equivalente a pulsar un par de veces la pantalla táctil de nuestros teléfonos. Algo inmediato y casi inconsciente de tan accesible que es. La recompensa seduce y nuestro protagonista se incursiona en esa nueva vida, llena de lujos y ecos que suenan a sus deseos son órdenes. La humanidad se repite una y otra vez a sí misma algunos consejos que ya perdieron de vista su origen pero no su futuro. El más adecuado en este caso podría ser: Cuidado con lo que deseas. Incluso, cabría ajustarlo a: Cuidado cómo lo deseas.

El lenguaje de esta novela es accesible a cualquier público. Los viajes que se relatan te llevan de la mano a través del globo terráqueo. Los personajes que aparecen ejercen una distancia subliminal con el protagonista, casi involuntaria, pero que establece aires de soledad que nunca dejan de turbar al mismo. Un desfile fantasmal de buenas intenciones y malas decisiones. Un gran viaje que no alcanza las cien páginas. Perfecto para leer en poco tiempo y disfrutarlo durante varios días más en la memoria.

Desde mi perspectiva, El mandarín es una obra moderna con un fondo clásico. Su presentación y estructura es conforme al realismo que tanto admiraba a su autor, pero rescata de la imaginación popular nuevos encuentros con el diablo, renovados  tratos y consecuencias. La historia resiste y da juego a la imaginación del lector. Es una forma sutil también por la que el autor critica la afición por la fantasía en la que el pueblo portugués de la época parecía cobijarse sin querer contemplar otras posibilidades. De hecho, sufrió la omisión de los medios y cierto escarnio de la opinión pública de los críticos cuando salió publicado. Pero el tiempo pone todo en su lugar, con o sin tratos con el diablo.

Arranca la novela narrando:

Me llamo Teodoro y fui escribiente del Ministerio del Reino.

En aquella época vivía en la Travessa da Conceição número 106, en la casa de huéspedes de doña Augusta: la espléndida doña Augusta, viuda del comandante Marqués. Tenía dos compañeros: el Cabrita, empleado en la Administración del barrio central, flaco y amarillento como una vela de entierro; y el bizarro y exuberante teniente Couceiro, gran tañedor de guitarra francesa.

Disfruten del viaje, futuros lectores.

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