LA LLAMADA DEL JAZZ PARA LLUÍS CAPDEVILA

Un piano alistado por el jazz. Para Lluís Capdevila responder a esa llamada fue un cambio radical de rumbo. Su apuesta por ser músico de jazz fue absoluta. Se formó en  Vermont, Nueva York y vuelta a su Priorato natal. Hoy, desde aquella comarca tarraconense, es un músico consagrado. Desarrolla nueva música, imparte clases universitarias y trata de experimentar con su piano frente a barricas de vino. Frecuenta la idea de que todo puede ser posible. Su método e improvisación al servicio del jazz.

Lluís Capdevila

El tiempo lo es todo. En música, manda. En la vida, cimenta. No se suele subrayar su importancia como aliado. Ayuda a perdonar o cicatrizar, claro. Pero también curte el punto de vista. Hace comprender que a veces hay que deshacer caminos para hallar nuevos horizontes. Este fue el caso de Lluís Capdevila. La llamada del jazz.

Giro de ciento ochenta grados una vez acabados sus estudios universitarios. Derecho no contemplaba la chispa vital. El jazz se cruzó en su vida como coyuntura. ¿Quién dejaría años de estudios para empezar un camino exigente como es el de ser músico de jazz? El piano de Capdevila percute desde hace años con ese acierto. Tiene sonido propio.

Está considerado un músico de talento patente, se relaciona con grandes intérpretes del género. Se ha labrado la medalla de profesional, cuyo crecimiento sigue sin contención. Es independiente pero, en paralelo, imparte clases en la Universidad Internacional de La Rioja. Con cuatro discos publicados, al margen de colaboraciones y giras por América y Europa, este artista llega incluso a hacer experimentos que aúnan su piano con otras disciplinas, como puede ser el maridaje de música y crianza de vino.

LAS RAÍCES DE TODA CANCIÓN

ALBERTO REVIDIEGO: Lluís Capdevila, los grandes giros que ha dado tu vida en las últimas dos décadas han ido entorno a la música, frente a un piano, para ser concretos. Mudanza de geografías, virajes en la formación, desarrollo intensivo como músico, muchas tablas y poco tiempo perdido. Pero antes de conocer al músico, me pregunto: ¿Siempre estuvo ahí la inclinación por la música?

LLUÍS CAPDEVILA: Tenía seis años cuando en el recreo del colegio un chico me enseñó su pequeño teclado CASIO. Intuitivamente, empecé a tocar melodías de los Beatles que había escuchaba en casa con mi radiocasete. En ese instante, descubrí que aquello era lo mío.  

ALBERTO: ¿Cómo recuerdas tu infancia? ¿Tenía mucho protagonismo la música? Desconozco si tienes familiares músicos que te inspirasen. Puede que en aquellos años pensaras que en el futuro tu camino sería otro. Como abogado, por ejemplo. Me encantaría saber qué recuerdas de entonces.

LLUÍS: Mi abuela materna tenía la carrera de piano pero dejó de dar clases al casarse. Mi madre casi terminó la carrera de guitarra clásica y, de hecho, en su último curso estuvo practicando mientras yo ya estaba en su barriga. Durante mi infancia siempre escuché mucha música, ya sea la que escuchaban mis padres o la que descubría yo mismo con cintas de cassette y la radio.

De adolescente destacaría haber formado parte de KALINKA, un grupo de reggae y ska formado por adolescentes de Falset (Priorato). Llegamos a abrir conciertos para Skaparapid (1996), Dr. Calypso (1997) y Jarabe de Palo (1998, delante de 4000 personas), con un joven Pau Donés a la cabeza. Fui un afortunado de crecer en los ochenta y noventa.

Recuerdo aquellos tiempos como otros, con gente con comportamientos más simples, si cabe. Se tenía acceso a menos cosas pero la música tenía más presencia en nuestras vidas. Las escuchas eran más profundas puesto que te comprabas un disco y era para siempre. Escuchabas música en las discotecas y pubs pues se salía para socializar y había una cultura de la música en vivo, aunque hubiera muchos menos medios tecnológicos que ahora. Todo esto puede sonar un poco a nostalgia pero yo lo miro por el lado bueno: Aproveché la oportunidad que aquella sociedad me dio para cultivar un determinado feeling que ahora está presente en mi música.

ALBERTO: En muchas ocasiones, en distintos ámbitos, tenemos ciertas revelaciones cotidianas. Esos momentos en los que se nos abre un mundo ante nosotros y descubrimos algo que nos atrae. ¿Recuerdas cuál fue tu primer contacto con la música jazz? ¿Qué artistas o qué discos?

LLUÍS: En el pueblo se organizaron unos talleres de Jazz con profes de Barcelona. Después creamos la Falset Big Band, con Enric Alberich a la cabeza (ahora profesor en Berklee Valencia) donde yo aprendía tocando arreglos escritos por Duke Ellington y otros grandes del Jazz. Fue inspirador. Empecé también a escuchar a Bill Evans y descubrí el Keyboard Jazz Lounge de Reus, ciudad vecina, un auténtico club de jazz internacional donde habían tocado Lou Bennett, Tete Montoliu y Monty Alexander, entre otros.

ALBERTO: Te licenciaste en Derecho. Me interesa saber qué veías en aquella carrera. ¿Fue una decisión meditada o más bien medió cierta recomendación familiar, por el tema de la seguridad económica y demás argumentación recurrente? El brusco cambio de dirección que tendría tu vida profesional desde los veinticinco años me hace pensar que no era algo que te llenaba plenamente.

LLUÍS: Fue una decisión fruto de la época y en efecto hubo recomendaciones familiares. Entonces estaba muy arraigado el lema de “no se puede vivir de la música”, toda una falsedad, pero que entonces me creí. Incluso después de la Licenciatura estudié un Máster en Derecho de la Propiedad Intelectual en la Universidad de Estocolmo (Suecia, 2005) para ver si había un punto de encuentro entre ambos mundos.

Viéndolo en perspectiva ahora me hubiese gustado descubrir a los grandes compositores clásicos en lugar dedicarle tantas horas al Derecho, pero cada quien tiene su camino y el mío fue ese. Derecho me parecía una carrera genérica y en algunas situaciones me ha servido para posicionarme mejor como músico. También hace más creíble mi vocación musical, puesto que podía haber tirado por un camino “más seguro”,  y me he quedo con la música.

INTRODUCCIÓN AL PIANO

ALBERTO: Me intriga saber si tuviste una temprana formación de conservatorio, más allá de la académica habitual, o si quizás te moviste como autodidacta algún tiempo antes de recibir teoría y práctica. ¿Cómo y cuándo comienzas a formarte como músico?

LLUÍS: A los seis años tuve la suerte de aprender del teclista Gabi Martí, en Reus, durante un año. Tocaba los viernes por la noche en hoteles de Salou y los sábados por la mañana, muchas veces sin apenas dormir, me daba clase en el Músic’s, una tienda de música. Mi padre me bajaba en coche, se iba a tomar un café y leía el periódico mientras yo disfrutaba de esas clases que eran en grupo. Cada uno estábamos con un teclado y auriculares. Gabi iba pasando y nos planteaba cosas. Aunque aquello solo duró un año, recuerdo todos los temas que me enseñó; aquel año de estudiar música moderna fue determinante.

ALBERTO: ¿Por qué el piano como instrumento principal?

LLUÍS: Ha salido así… pero aunque sea un instrumento “más genérico” que una trompeta, intento cuidar un sonido personal y expresivo.

ALBERTO: Con 23 años te decides. Has terminado la carrera en Derecho y vuelas ese mismo verano de 2004 a Estados Unidos. Tu objetivo era un campamento de jazz en Vermont. ¿Encontraste en él la reafirmación de esa pasión que ya poseías por el jazz?

LLUÍS: Fue un viaje mágico. Salí de Barcelona rumbo a Montreal. Tenía mucho interés por conocer a Sheila Jordan, con quién mantengo comunicación a día de hoy. Sheila conoció a Charlie Parker, y me interesaba saber cómo eran los músicos de aquella época, si el Jazz era tan académico como me lo vendían aquí o era más una actitud de lánzate y haz lo tuyo. En el campamento también tope con Harvey Diamond, discípulo del pianista Lennie Tristano, quien me inspiró mucho por su sonido y actitud relajada. Sheila me animó a mudarme a Nueva York para dedicarme a la música.

ALBERTO: ¿Fue aquel verano lo que te instauró la certeza de la música como profesión?

LLUÍS: En cierta manera sí, aunque más bien como modo de vida. Fue un viaje espiritual que hice solo donde pude conectar mis intuiciones de la infancia con músicos veteranos que venían del bebop de Nueva York. Hablando con ellos me di cuenta de que quería hacer lo mismo que ellos y me sentía cómodo en ese entorno.

Lluís Capdevila

ALBERTO: Conociste en aquel campamento a Valery Ponomarev, trompetista de la afamada banda Art Blakey & The Jazz Messengers. Toda una leyenda. En este mismo año, 2020, se ha publicado su álbum “What’s new?” en el que has participado como su pianista. Por favor, cuéntanos cuál fue tu impresión aquel verano que lo conociste y cómo sientes esa relación actualmente.

LLUÍS: Valery fue mi primer profesor de combo en América. Me animó mucho, siempre me decía que era un músico con sensibilidad y musicalidad innatas. Conectamos. Unos años más tarde, Valery y Sheila me recomendaron para mi beca Fulbright. Haber realizado una gira europea con Valery de más de veinte fechas en 2019 y grabar un álbum ha sido un honor y agradecimiento a quien en su momento me apoyó a cambio de nada.

VIAJE AL JAZZ NEOYORKINO

ALBERTO: La música jazz te cautivó y apostaste por una formación superior. Vuelas a Nueva York, la ciudad considerada como una de las cunas del jazz. En 2007, gracias a una beca Fulbright, empiezas un Máster en interpretación y composición de jazz y música moderna en Queens College. Máster creado por Howard Brofsky en los setenta, otro de los profesores de aquel campamento de verano. ¿Qué supuso para ti aquella formación?

LLUÍS: Fue toda una revolución. Finalicé mi trabajo como licenciado en derecho en una reconocida agencia de la propiedad intelectual en el Paseo de Gracia de Barcelona un noviembre de 2006 y en agosto de 2007 estar en el Aaron Copland School of Music con la ayuda de una beca Fulbright, que cambió mi vida, fue un milagro. El trompetista Michael Mossman, director de estudios de Jazz, me apoyó mucho. Incluso me invitó a que fuera con el en los estudios Avatar para ver como grababan la banda sonora de Chico y Rita, con sus arreglos y la participación de Jimmy Heath. Allí me presentó a Fernando Trueba.

Chico y Rita, película de animación dirigida por
Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando

Estar en Queens viviendo cerca de la escuela me daba acceso a unos pianos de cola Steinway que nunca había tocado, y que me permitieron cultivar mi sonido a diario. Uno de esos Steinway, antiguo con teclas de marfil pero sonaba de cine, era una del compositor Morton Gould, Pulitzer de música, quien lo dejó en herencia para la escuela. 

Tengo un recuerdo muy bonito del trompetista Howard Brosfky. En mi primer campamento de verano él estaba jubilado y vivía en Vermont. Sin embargo, cuando yo empecé el Máster, Brofsky decidió que no podía vivir más sin la energía musical de Manhattan, tiró la casa por la ventana y junto a su mujer, que era veinte años más joven que él, decidieron volver a Nueva York. A sus más de ochenta años se dispuso a impartir la asignatura de Historia del Jazz otra vez en el Queens College, del que era profesor emérito, por lo que fui su alumno. Se instalaron en Dumbo, Brooklyn en un apartamento precioso, donde tenía su piano bajado otra vez desde Vermont. Invitaba a sus alumnos a que los domingos por la tarde fueran a su casa para tocar en jam sessions con él. Aquellas sesiones fueron momentos socializadores mágicos. Ver a un joven desconocido Petros Klampanis llegar con su contrabajo para sólo tocar, conocer a músicos de otras partes del mundo como París o Nueva Zelanda más toda la bohemia que Howard desprendía, siempre con su copa de vino y sus historias fue oxigeno en mi apretada agenda por querer aprender.

ALBERTO: Aquellos años de empezar de cero en Estados Unidos y cumplir con la formación continua tuvieron que ser excitantes y agotadores, intuyo. Especialmente en la primera etapa de los nueve años que allí residirías. Suele costar conocer gente, hacerse habitual en ciertos lugares o simplemente saber moverse por la ciudad. ¿En qué te apoyaste para avanzar en los momentos más difíciles? ¿Algún consejo que podrías dar al Lluís de entonces o alguien en una situación similar?

LLUÍS: Me apoyé en la música. Era el motivo por el que estaba allí. En Nueva York tuve que asumir muchas cosas, sentía que prácticamente no sabía nada. Con la ayuda de Steve Kuhn, las cosas empezaron a funcionar al piano. Nueva York es un gigante que te come si no sabes muy bien lo que quieres. Aunque tuve la fortuna de no tener que trabajar de otra cosa que no fuera la música tocando el piano, hubo momentos duros. Estados Unidos tiene una sociedad muy distinta a la nuestra, por lo que  muchos días me preguntaba qué hacía allí. A una persona en la misma situación le diría que no se desconectara de su país de origen.

ALBERTO: En aquel Nueva York, sigues formándote y conociendo aquella cultura tan diferente a la acostumbrada en Tarragona o España en general. ¿Recuerdas alguna anécdota de aquellos años relacionada con tu condición de extranjero o músico extranjero en concreto?

LLUÍS: Recuerdo bien como los europeos se iban yendo a los dos años y yo me quedaba allí. La dureza de vivir allí les iba desanimando hasta que llegaban a la conclusión de que no merecía la pena seguir allí. Quizás yo hubiera hecho lo mismo pero me surgió al oportunidad de extender mi estancia con un doctorado en la Universidad Stony Brook.

ALBERTO: En 2009 culminas un Máster en interpretación de piano jazz en la Aaron Copland School of Music de Nueva York y, en los años siguientes, paralelo a un desarrollo de Doctorado en Artes Musicales para la Universidad de Stony Brook, te dedicas a la actuación y jams casi cada día. A ello, sumaste talleres de Barry Harris en Manhattan durante tres años. ¿Qué se siente al tocar música casi 24/7? ¿Sentiste cierta consagración y versatilidad?

LLUÍS: Estuve formándome en Stony Brook de 2010 a 2013. Compartí muchas cosas con Ray Anderson, un músico reconocido del mundo del Jazz. Tuve mucha suerte de poder estudiar con él, sabe muchísimo de música y es una persona especial, con mucha experiencia (Charlie Haden, Anthony Braxton, etc.). Es una suerte que un perfil así esté en una institución. Sin embargo, tuve que mudarme a más de cien quilómetros de Manhattan durante dos años.

Ray fue muy amable conmigo, fui su ayudante en la Universidad y celebré un par de Thanksgiving con él y sus amigos. En 2013 seguí con el doctorado pero regresé a Manhattan, donde estuve tocando prácticamente cada día hasta a 2016, año en que regresaría finalmente a España. Cuando ahora pienso en esa última etapa es como si hubiese estado tres años de gira sin parar. Una locura y una pasada. Tocaba estándares a dueto con un contrabajista los jueves, viernes y sábado en un restaurante en Midtown Manhattan. Muchos sábados al mediodía también tenía un brunch en Harlem. Los domingos trabajaba de organista en una iglesia afroamericana del Bronx. Lunes y martes salía a explorar las jam sessions si no tenía eventos privados en Long Island y todos los miércoles dirigía la jam sesión de la Universidad de Stony Brook. Toda una rutina donde aprendí muchísimo, me dio tablas.   

ALBERTO: ¿Cómo viste la escena neoyorquina del jazz? ¿Cómo destacan los músicos que allí se concentran y en qué aspectos dirías que flaquean en comparación con otras experiencias que hayas tenido por Europa?

LLUÍS: La solidez técnica es enorme. El groove es orgánico. El compromiso es de verdad. La parte débil sería que muchos no vean más allá de Nueva York, aunque hay excepciones: músicos que siempre tienen una mirada en salir a tocar por Europa, Asia y Sudamérica.

ALBERTO: Llega el 2016 y, como si de un proyecto postdoctorado se tratase, debutas con “Diáspora”. Buenas críticas avalan el álbum. ¿Cómo surgió la idea de aquel disco tras tantos años intensos de música?

LLUÍS: No podía irme de Nueva York sin antes grabar un álbum con los temas que había ido escribiendo durante esos nueve años. Grabar “Diáspora” fue como una despedida de aquella vida de estudiante y es la banda sonora de lo que viví esos nueve años.

ALBERTO: Hay un hábito, que llevas arrastrando durante años, que va construyendo de forma disimulada tu proyección musical como compositor. Me refiero a la grabación de jams, de encuentros con otros músicos, de improvisaciones solitarias. ¿De dónde surge esa costumbre? ¿Cuál es el razonamiento?

LLUÍS: Captar la energía del momento, sin más. Después lo escucho y me sirve para saber como he tocado.

EXPERIMENTOS DESDE EL PIANO

ALBERTO: En relación con ese hábito, salió a luz en 2018 un segundo álbum llamado “Daybreak explorations”. Una selección de improvisaciones de piano grabadas en el auditorio Staller Center for the Arts de la Universidad de Stony Brook (Nueva York) a lo largo de tres años (2013-2016). Siempre los jueves, siempre una hora matutina. ¿Qué buscabas con ese experimento? ¿Alcanzar algo como la escritura automática de los surrealistas? ¿Un estado de meditación creativa?

LLUÍS: Sí. Dejar al cerebro libre para crear sin pensar nada. Ver hasta qué punto podía generar música sin un plan preconcebido. Me centraba en estar presente y en mi acción y reacción a los sonidos improvisados. Fue toda una meditación de la que aprendí mucho.

ALBERTO: Un año después, en 2019, se publicaría “Cinematic Radio”. Composiciones cercanas para cualquier oído que se preste. Un trabajo junto a Petros Klampanis, al bajo, loops y percusiones, Contando, además, con la colaboración de Tom Harrell y su fliscorno. Has explicado alguna vez que la música de este disco evoca estados de ánimo de cine. ¿Qué significa esto?

LLUÍS: “Cinematic Radio” contiene algunos de los temas escritos en Nueva York que no entraron en el “Diáspora” y temas que ya escribí en mi apartamento de Reus, a la vuelta. Aquellos fueron tiempos de transición y emociones fuertes. Traté de publicar un álbum con música muy bella y que estuviera bien grabada.

Lo grabamos en los míticos Sear Sound Studios, lo mezcló James Farber y los masterizó Greb Calbi, quien me dijo: “No sé a dónde va a llegar este disco, pero lo que hay aquí es una auténtica joya”. Los costes de este álbum fueron más elevados, toda una declaración de lo que la música representa para mí. 

ALBERTO: ¿Dónde es el lugar más extraño o inaudito donde dirías que has tocado?

LC: En Siurana (Priorato), para la grabación de mi videoclip del tema Alone, perteneciente al disco “Cinematic Radio”.

JAZZ PARA POTENCIAR EL VINO

ALBERTO: Como comentas, volviste a España, para buscar la esencia que te define. Este 2020 ha sido un año extraño para todos. Lleno de nuevos retos, de extravagancias. Y el azar hace coincidir esta dinámica con la publicación de tu último disco “ÈTIM”, fruto de la experimentación y, casi podríamos decir, del estudio científico. Vuelves a focalizar tu atención en tu tierra natal, Falset, Priorato. Tierra de viñedos y enoturismo. Y, en este caso, colocas un piano de cola en una bodega… ¿Y qué ocurre?

LLUÍS: Volver al punto de inicio después de un viaje de casi veinte años para ponerme a tocar el piano durante un periodo prolongado movió emociones que se tradujeron en las composiciones de “ÈTIM”. Con tocar y componer soy feliz. Me gustaría profundizar más en la influencia de mi música en el vino, puesto que poder modificar su sabor me parece fascinante. También investigar cómo la música puede curar a las personas e impactar positivamente en la vida de los demás. Que mi música aporte algo positivo para la sociedad que me ha permitido ser como soy.

ALBERTO: Seis meses en la Catedral del Vino de Falset, componiendo e improvisando. Aval de expertos, el vino que ha presenciado tu trabajo resulta diferente.  ¿Cómo fue la recepción del disco y su vino? ¿Fue posible una mínima gira al margen del confinamiento de principios de año? ¿Continuará la gira de ese disco en estos meses?

LLUÍS: A pesar de que este álbum lo concebí más como un proyecto personal, sin una concepción de proyectarlo como el Cinematic Radio, la recepción en los medios de comunicación y la gente está siendo la mejor que ha tenido un álbum mío.

Realicé una primera presentación en la bodega, después un concierto en el gran Teatre Bartina de Reus y otro en el Auditorio de l’Espai Orfeó de Lleida, hasta que llegó el confinamiento. Ahora tengo presentaciones pendientes en Cambrils, Valls, Alcañiz, Barcelona, Madrid, Zaragoza y más ciudades españolas. 

ALBERTO: Más allá de la música, ¿qué te mueve? ¿En qué te refugias?

LLUÍS: La música ocupa prácticamente la totalidad de mi vida. En el poco espacio que me queda disfruto de ver películas, pintura y hacer turismo. También hago deporte y yoga, pero eso entraría más en el pack musical, para mantenerme en una forma saludable.

MIRADA AL FUTURO

ALBERTO: ¿Cuál es tu visión sobre el mundo de la Cultura actual? ¿Te gustaría reivindicar algo sobre el trato que está recibiendo este sector? ¿Deseas hacer alguna petición o llamamiento? 

LLUÍS: Pienso que en comparación con Estados Unidos, por ejemplo, aunque se hable de la España vaciada, aún tenemos la suerte de tener la población repartida en pueblos y ciudades, con sus ayuntamientos, teatros y salas. Tenemos una infraestructura, pero nos falta más cultura desde la educación y la misma música en vivo. A nivel institucional público pienso que se podrían ceder más algunos espacios para hacer conciertos, o que los medios de comunicación públicos promocionen más la música. Realmente hay tantas cosas que se podrían hacer. Aunque me conformo con que no se pierda la pasión y el deseo por escuchar música, en vivo y grabada.  

ALBERTO: ¿Se prevé que el año que viene llegue un nuevo disco como trío, junto con el bajista Petros Klampanis y el batería Luca Santaniello? ¿Cómo va ese proyecto?

LLUÍS: Ya estoy trabajando en él, pero todavía no puedo desvelar nada.

ALBERTO: Actualmente estas dirigiendo el Máster en Interpretación y Composición de Jazz y Música Moderna de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). ¿Cómo te sientes encabezado esa formación? ¿Tratas de subrayar la creatividad y la improvisación, elementos que siempre han destacado en tus proyectos?

LLUÍS: Me siento bien porque comparto mis conocimientos y experiencia con gente que tiene interés. Lo que yo pueda saber no es infinito, pero puede ayudar e inspirar a mis alumnos. Yo no soy una persona de convicciones del tipo “correcto e incorrecto”. Me gusta todo lo relativo, la idea de que todo puede ser posible.

Quizás por esto soy un músico independiente. Nunca he tenido un manager, una discográfica o un publicista. Muchas veces pienso que ya me hubiera gustado, pero después me doy cuenta que quizás no va conmigo.

En un año de Máster no se pueden hacer milagros pero sí se puede impactar en los alumnos, orientarles, ayudarles a tener una visión diferente para que enfoquen cómo practicar con sus instrumentos y cómo desarrollar un discurso propio. En mi primer campamento de verano en Vermont, Harvey Diamond un día dijo: “No puedo darte una frase, tiene que salir de ti”. Los estudios que he creado están enfocados para ayudar a los músicos a sacar la música de ellos mismos.

Todo lo que he conseguido ha sido trabajando muchas horas, día tras día. Una droga constante que solo obedece a una explicación: Me gusta la música. Y eso es lo que quiero transmitir.

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