CUANDO EL CAMPO ES NEGRO

Estamos inquietos. El suelo de la cocina está frío y oscuro. Ella lo atraviesa, coge la cafetera de metal y una taza. Entonces oímos la escalera. Ella nos ordena callar y obedecemos. Aparece el olor, luego el extraño. Se miran y Ella pregunta.

Hay un maldito pájaro que no me deja dormir.

Miramos arriba y no lo vemos.

¿Dónde vas tan pronto?

Paseamos por la cocina, impacientes. Ella bebe de su taza. El extraño ve la escopeta en la mesa. Cruza la cocina y mira a través de la ventana.

Quiero ir contigo.

Nunca has ido.

Quiero aprender.

Ella lo mira con dureza.

Debes estar aquí por si tu hermana despierta pronto.

No está sola.

Sabes que sí.

Da la orden y salimos a la mañana, eufóricos.

Volvemos a la casa. La otra pasea en el campo, no muy lejos. Ella la llama y algunos de nosotros hacemos ruido, como un eco. La otra se gira y nos mira pero no responde. Entramos tras Ella y los extraños están en los sofás.

¿No hay internet?

Yo no lo uso.

Nosotros cada día.

Vamos en busca de agua. La otra permanece distante. Damos una vuelta de reconocimiento por la finca. Oímos la puerta, corremos allí. Ella sale con el palo, los extraños con los cestos. Vamos a la arboleda. El extraño protesta, la extraña nunca. Ella da órdenes al llegar y el extraño se aleja hacia otros árboles.

¿Ves la avioneta blanca?

La extraña mira arriba, nosotros olemos el suelo.

Si trabajamos bien la próxima vez que pase tirará caramelos.

A la extraña le asusta los arañazos recientes de la cara de Ella pero asiente. Ella golpea las ramas y llueve. Nos alejamos. Perseguimos una rata que se pierde. Vemos al extraño, con cables en sus oídos, llenar el cesto. Ella lanza unos pocos caramelos al aire cuando la extraña está agachada. Acudimos a por nuestra parte pero Ella nos expulsa.

Cuando el campo es negro nos refugiamos en la casa. Cuando la casa está en silencio podemos oír al campo. Ahora lo oímos y también la escalera. Algunos de nosotros gemimos. La otra sale por la puerta con algo bajo sus ropas blancas. El campo negro se ve por la puerta encajada. El viento llega hasta aquí. Aullamos. Oímos la escalera. Ella corre a fuera y nosotros también. Hay un árbol junto al cobertizo y la otra está en él. Sus ropas blancas se agitan con suavidad. Olemos el viento. Ella la coge y libera. Damos vueltas en torno a Ella. Volvemos a la casa despacio. Oímos al campo negro y dormimos.

La tierra está caliente alrededor de la casa. Entramos tras Ella y los extraños están en los sofás mirando pantallas. Ella pregunta, los extraños confirman. Ella mira por la ventana hacia la arboleda. Corremos a fuera, bebemos agua. La extraña sale. Algunos de nosotros vamos hacia ella y el resto descansamos en la sombra. Nos acaricia uno a uno. No habla de día. La oímos cuando la casa está en silencio. Oímos a ella y al campo negro.

El café huele en la cocina fría. Ella coge dos tazas. El extraño aparece con botas nuevas y los olores se mezclan. Beben en silencio. Estamos inquietos. La puerta está abierta y vemos el campo negro. Ella da la orden. La arboleda está húmeda cuando llegamos. Trotamos sin alejarnos. Tenemos la cabeza gacha, oímos todo. Ella camina con la escopeta. Se delata movimiento. Corremos y acosamos. Traemos la presa y Ella ordena al extraño que la guarde. Buscan el refugio y se sientan. Nos echamos a los pies de Ella.

Ese pájaro gris es el que me despierta siempre.

Oímos una avioneta mucho antes de que nos sobrevuele.

Estúpido, pájaro. Cree que puede seguir a la avioneta.

El pájaro seguirá aquí mucho después que esa avioneta. Date cuenta.

¿A quién le importa?

A los que permanecemos.

Los disparos retumban por la arboleda. El extraño nos acompaña a cobrar las piezas. Entonces oímos a las violencias. Llegan con sus barbas y escopetas, sonríen al vernos, intentan acariciarnos pero rehuimos.

Ya no cazas sola.

Ella no relaja su posición con el arma mientras se aproxima. Estamos tensos, miramos a todas las violencias.

Ten cuidado con tus sobrinos si no quieres que acaben como tu hermana.

Las violencias ríen y miran al extraño.

Largaos de aquí.

La arboleda no es de nadie.

Es lo suficiente ancha para no cruzarnos.

¿No te gustaba cuando nos cruzábamos entre los árboles?

Algunas de las violencias se acercan. Ella carga el arma y apunta. Hacemos ruido y algunos de nosotros muestran la dentada.

Ándate con ojo, chico. Tu hermana está sola en casa, ¿no?

Las violencias caminan en otra dirección. Ella vuelve al refugio y el extraño la sigue. Oímos disparos cerca. Hacemos más ruido. Ella nos invoca con gritos. Algunos de nosotros no acudimos.

– – –

Alberto Revidiego
Sevilla, 15 de octubre de 2020

#historiasrurales

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