FIRMIN – SAM SAVAGE

Roer es un estadio previo a todo lector. Mordisquear un libro como metáfora visual de aquellos que no tienen hábito de lectura y lo intentan, abandonan, reinciden y vuelven a dejar correr semanas antes de retomar el libro en cuestión y, al fin, le dan  remate. Firmin deja pronto de actuar como novato. Su particular camino del héroe. Aprende a leer, a devorar libros, ya sin sentido literal. Deja su naturaleza de rata en pos de un hilo mental más humano. Y el lector de estas memorias empatiza con su difícil condición de rata. Un intercambio de naturalezas sobre la balsa de una pasión común. La solidaridad entre lectores.

Sam Savage
Foto de planetadelibros.com

Sam Savage (Camden, Carolina del Sur, 1940 – Madison, Wisconsin, 2019) nos pone con los pies en el suelo. Tumbados contra el piso, incluso. La realidad es dura, esquiva e inestable. Los libros nos dulcifican la conciencia. Nos da oportunidades para anclar nuestro ánimo. Un refugio ante el caos que puede emanar de la ciudad, las penurias, la familia y uno mismo. Salvavidas de papel y tinta. En esta novela, Savage nos mete en la piel de una rata para ver la humanidad a través de su mirada.

Mi edición de Firmin
de Seix Barral

Firmin tiene voracidad bibliófila. Criarse sobre páginas hechas trizas, siendo el eslabón más débil de una camada de roedores, le hizo aficionarse a masticar viejas hojas literarias. El hambre y la violencia le movilizaron hacia otros volúmenes. Entre bocado y bocado, se entretenía interpretando esos dibujos ordenados de forma lineal sobre las mismas. Letras, palabras, líneas y párrafos. Una nueva necesidad iba tomando forma.

Este libro tuvo un lanzamiento tan humilde como la vida que mantenía por entonces su autor o el propio protagonista. En 2006, contando Savage con 66 años, un historial de trabajos precarios y solo una novela publicada el año anterior, una pequeña editorial llamada Coffee House Press sacaba a la luz su Firmin en Minnesota. No vendió mucho pero se extendió como la corriente eléctrica entre las recomendaciones de libreros de todo el país. A España llegaría de la mano de Seix Barral (Editorial Planeta) un año más tarde, quién compró y veló por los derechos mundiales de traducción. Actualmente ha vendido más de un millón de ejemplares y se ha traducido a más de treinta idiomas. Todo un best-seller.

La pulsión de leer es tan tirana como cualquier otra obsesión. Tiene sus bondades. Frente al abanico que ofrece la vida (humana y roedora) es uno de los vicios más saludables. Pero se mastica la angustia y desidia del protagonista cuando ya no queda por leer, cuando la realidad se limita a la realidad. El filtro de la palabra escrita fue tan necesario en la vida para Firmin como para Savage.

Ilustración de Firmin contenida en la novela

Esta rata con una inteligencia lejos de lo común se sentirá tan fuera de lugar como muchos de sus lectores. Gustos marginales, impulsos de independencia, inquietud por el conocimiento, regocijo en perversiones personales. Juega con una delicadeza infantil y una psicología muy adulta. Lo decadente, sucio y violento combina en las escenas con virtudes e ingenuidad. Un zumo concentrado de madurez y soledad. Una visión del mundo que muchos comparten más allá del Boston ruinoso en el que vive la rata Firmin.

Arranca la novela narrando:

Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas», de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como «Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera», de Tolstoi. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro. En lo tocante a frases de apertura, la mejor, a mi modo de ver, es el comienzo de El buen soldado, de Ford Madox Ford: «Éste es el relato más triste que nunca he oído». Docenas de veces lo habré leído, y sigue dejándome patidifuso. Ford Madox Ford era uno de los Grandes. En toda una vida de esfuerzos por escribir, con nada he luchado más varonilmente —sí, ésa es la palabra, varonilmente— que con las aperturas. Siempre me ha parecido que si esa parte me salía bien el resto seguiría de modo automático.” 

Disfruten del viaje, futuros lectores.

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