LA CAJA

<<La gente piensa en el océano y proyecta ideas recurrentes de costas soleadas, oleaje amistoso y algún navío de mediana eslora recorriendo la imagen a lo lejos, mucho  más cerca que el extremo del horizonte que parte el mundo en dos o, a veces, lo confunde en un mismo todo. Pero eso no es el océano. Se equivocan. En realidad es una masa pesada de agua cuyo color azul desaparece al romper la tensión de la superficie. Y entonces llegan los grises. Estratos y estratos de matices, imposibles de ordenar de forma lineal. Fui cayendo entre ellos y mis ojos no enfocaban nada porque ante mí solo había oscuridad. Entonces fui a ciegas. Era inútil tener miedo, el miedo paraliza. Avancé hasta topar con el fondo. Y allí me esperabas tú. No te vi, claro. Pero sabía que eras tú. Entonces me susurraste que el horizonte es el fin del mundo. Que todo caía por allá. Me deseaste el mejor de los cuidados para alejarme del borde. Yo, por supuesto, respondí que eso eran teorías absurdas. Entonces sentí cómo me agarraban de los hombros, de los brazos, de las piernas y el estómago mientras surgía una voz que me preguntaba si tenía cambio de cincuenta>> había relatado mientras terminaba de ponerse el uniforme. Se miró a un pequeño espejo y cerró la taquilla. Esperó a su compañera a la distancia, revisando el interior de la pequeña mochila que siempre llevaba consigo.

-¿Y entonces qué? -quiso saber ella mientras guardaba todo y cerraba su propia taquilla.

-Me desperté, ¿qué si no? -concluyó Vanesa, divertida por la atención recibida, poniéndose los guantes de látex que la empresa había facilitado a sus trabajadores.

-Pues vaya pesadilla -contestó su compañera, mientras enfilaban el pasillo que les llevaría a sus puestos, enguantada también y con la mascarilla en posición-. Yo solo recuerdo temer mientras sueño que me levanto tarde y me echan del trabajo.

-¡Tú eres demasiado responsable!

-No te pases, es la verdad.

-¿Sabes? Creo que mi sueño tiene sentido. Es decir, no en el mar, pero a veces me siento en una maldita pecera. Todo el día viendo a la gente pasar por delante como peces aleatorios. Y el mundo exterior al otro lado de esos ventanales… ¿tú no, Ana?

-Ponte la mascarilla anda, que abrimos en dos minutos y ya estoy viendo la fila de clientes en la puerta de la pecera.

-Allá vamos -dijo antes de girar hacia su puesto y encender la máquina.

Revisó el cambio, probó la emisión de tickets y ajustó la altura de su silla. Miró a la puerta aún cerrada y, de nuevo, a su compañera. Toda comunicación entre ellas fue un arqueamiento de cejas. Habían establecidos funciones no rotatorias para ese periodo de cuarentena. Ellas serían las únicas en aquellos puestos de cobro durante su turno. Y la gente entraría poco a poco. Eran las normas impuestas ahora que estaba tan sensible la lucha contra el virus que azotaba al país. Puntual, llegó el supervisor, saludó de forma protocolaria a ambas y activó el sensor de la puerta. Comenzaba un día más en el supermercado.

Existen los clientes de expedición y los clientes de asalto. Era un canon empírico para ellas. Lo tenían bien estudiado. Los primeros eran aquellos que se perdían entre los estantes de comida. Entraban al local y el tiempo perdía su firmeza, derritiéndose como en los cuadros de Dalí. La física no había obtenido para esto más respuesta que la Teoría de la Relatividad. La industria subrayaba el neuromarketing. Pero no era algo implantado. Esto brotaba de los mismos individuos. Esas personas renunciaban a poseer la conciencia precisa sobre cuándo volverían a atravesar el exterior. Cuándo verían a sus familiares de nuevo. Con ojos atentos, velaban su caminata frente a las posibles ofertas. En estos supuestos daba igual si traían la lista de la compra hecha o no. En tal caso, era un mero recurso escenográfico. Por otro lado, estas personas tampoco eran garantes de la realización de suntuosas compras. Podían salir tan solo con pienso para el perro. Con pienso barato, cabría apuntar dado el resultado del atento estudio de las trabajadoras. El número de minutos y pasos invertidos allí dentro respondían a claves personales de cada consumidor. Igual paseaban ante los productos ahora que ya no podían hacerlo por las avenidas. Como un sucedáneo. El propio supermercado como marca blanca de la ciudad que le albergaba.

La otra categoría era más sencilla. Los clientes de asalto, como su nombre apunta, eran aquellos que traían de casa la estrategia militar para cumplir su misión. Por lo general, solían tener en mente un producto o dos. Nunca más de cuatro, sin duda. Entonces tomaban posiciones desde la cola de acceso. Visualizaban en su mente dónde estaba situado su objetivo. Entonces ejecutaban el acceso, captación, retirada, pago y evasión a marcha forzada. Así hasta ingresar en la base central, esto es, su domicilio privado. Los clientes de asalto traían su propia bolsa, muchas veces incluso el pago exacto. Preferían un trato aséptico. No eran personas bordes ni groseras. Basaban su seguridad es la automatización de sus actos. Por lo demás, eran como todos.

-Un minuto, quince -informó Ana, desde su puesto, cuando despachó al primer cliente.

-Y mucho me parece -contestó Vanesa, aún ociosa hasta que llegasen las primeras compras-. No sé el motivo pero me cae mal ese tipo que siempre viene en calzonas.  Cuando no hace tiempo para eso… Me parece un chulo de gimnasio.

-Pues a mí me da pena que no me hable, me gustan los rubios -dijo sonriendo con los ojos por encima de la mascarilla.

-No es mi tipo, precisamente -respondió con alegría mientras veía venir a otros clientes de asalto. <<Dos minutos, doce. Vaya, esta mujer ha perdido su marca del día anterior. Por catorce segundos, qué lástima>> continuó para sí, mientras la cobraba en absoluto silencio.

Cuando terminó con un par de clientes, levantó la vista y vio a su compañera escuchando con tranquilidad a otra mujer, ya conocida del trato de tantos meses. Parecía que transmitía un asunto muy importante, a razón de la seriedad con la que le miraba, dejando de guardar en las bolsas aquellas cajas de té que había comprado. Cuando terminó, se despidió con educación y vio girarse a su amiga con las cejas arqueadas.

-Pobre mujer. ¿Has visto la de cajas de té que se lleva? Ocho he contado mientras las pasaba por el lector de códigos.

-Apasionada de las hierbas  -trató de bromear Vanesa, echando un rápido vistazo para controlar que no hubiese clientes ni el supervisor en las cercanías.

-¿Apasionada? ¡Pero si hace tres días se llevó otras ocho!

-Entonces, adicta.

-No es por eso, no. Me ha estado contando… -En estos momentos aprovechó para bajar el tono de su voz, chistando más que dialogando-. La mujer cree eso de que la infusiones muy calientes matan al virus este de la pandemia. Que si un farmacéutico ha dicho por internet algo así. Ella y el marido se están atiborrando a infusiones calientes a todas horas. Pobrecilla.

-Pobrecillo él, ¡que seguro que le fuerza a beberlas contra su voluntad!

-Fijo. Pero vamos, mira que hacer eso cuando ya se ha dicho que es lo que hay que hacer para no pillar el virus…

Otra tanda de clientes llegaban y Vanesa se vio impelida a atenderlos. A pesar de las comunicaciones por parte de las grandes cadenas de suministros, ella veía cada día cómo la gente se llevaban a sus casas enormes cantidades de papel higiénico y cartones de leche. Llegaban a la cinta con el gesto satisfecho del que, por ínfima suerte de última hora, se habían hecho con aquellos bienes tan preciados. La realidad era que, salvo el primer fin de semana de la cuarentena, nunca habían estado faltos de esos productos. <<Si con ese consuelo viven más tranquilos…>> pensaba Vanesa cuando veía venir los carros llenos. La cadena de consumidores fue fluida y tan solo diez minutos más tardes pudo retomar la conversación con su compañera Ana.

-¿Qué querías decir antes sobre no pillar el virus? ¿Lo de lavarse las manos y usar  mascarillas?

-¿Qué? No, no, aparte de eso. Me refería a algo más efectivo. Lo del… remedio natural. Están bajando los casos de contagiados.

-¿Remedio natural? ¿Morirse antes de pillarlo? -ironizó Vanesa ante las ideas de su compañera, quien mantenía un rictus serio, descolgando el labio inferior en una u perfecta.

-Qué desagradecida eres. Encima que iba a compartir esto por el bien de tu salud… No hablo por hablar. Funciona.

-¿Quién lo dice?

-Coño, niña, yo te lo digo, que lo hago todas las mañanas -respondió acorralada con aspavientos de sus guantes.

-Bueno, venga. Dime, ¿qué remedio? -preguntó Vanesa, fingiendo interés. Los clientes de expedición aún tardarían unos minutos en aparecer por la zona de pago.

-Pues mira, te cuento. -El enfado pasó como una nube empujada por el viento, dando visibilidad a una verdadera ilusión por dar a conocer verdades ocultas al gran público-. Y quiero que estés muy atenta. Esto me lo ha dicho una vecina mía, concejala. Así que sabe de qué va la cosa. Está en los despachos. Ya sabes que se emiten circulares internas y órdenes. Bien, pues en una de ella me dijo que se especificaba que el virus, al parecer, depende en gran medida de un déficit de refuerzo de vitamina C en las vías de entrada, es decir, las vías respiratorias. Me ha comentado que lo mejor para prevenir y enfrentar sus ataques es hacer cada mañana, recién despertados, gárgaras con un zumo de naranja. Pero un zumo de tres naranjas mínimo. Para generar la suficiente concentración vitamínica. Reforzando  cada día la entrada bucal no hay riesgo de contagio. Eso me recomendó y lo cumplo escrupulosamente.

-Beber zumos de naranja -resumió Vanesa, con los ojos muy abiertos por la incredulidad.

-Hacer gárgaras con zumos de tres naranjas. ¡No retuerzas la información que al final se hacen las cosas mal! -corrigió su compañera con dureza.

Llegaron nuevos peces que pasaban frente a ella sin saludar siquiera, a sus ritmos particulares, flotando al otro lado de la cinta con rostros pálidos y cejas alicaídas. Apretaban los labios con fuerza si no llevaban mascarillas. A Vanesa le era fácil imaginar que soltarían una enorme burbuja si no lo hicieran. Ellos se afanaban en seguir con sus grandes ojos el transcurrir de los productos hasta la rampa donde los esperaban con sus bolsas preparadas para guardarlos. En algunos clientes se les empezaba a notar la necesidad de peluquería. En otros, horas de sueño. Vanesa evitaba mirarse en el espejo de la pared del fondo, por si acaso encontraba los mismos síntomas. Pasaba productos sobre el sensor láser mientras trataba de no pensar en lo lejos que quedaba la hora de volver a casa. Las luces halógenas brillaban con intensidad sobre sus cabezas, examinándolos como un río de hormigas que a lo largo de las horas desfilaba como una procesión. La pecera seguía girando.

Cuando la llave se tumbó sobre su aplique le recibió el olor de la cena desde la oscuridad de su recibidor. Su hogar era pequeño pero la distribución de los muebles y la calidez de las luces le daban el acogimiento necesario para sentir que a ese lado de la puerta empezaba un territorio benévolo y compasivo. Daba igual cómo fuese el día. Allí se sentía robustecer su ánimo. Su sofá mullido, sus plantas junto al balcón. La cocina tan colorida rompía la sobriedad del resto del piso, tan centrada en elementos de maderas grises y tonos malvas, pero Vanesa era consciente de que había que llegar a acuerdos cuando se vive en pareja. Dejó su mochila en el suelo y se internó en la cocina para ver a qué correspondía aquel olor.

-Es un experimento -dijo una voz titubeante a su espalda.

-¿Qué es, Vic? -intentó sonsacar Vanesa, acercándose a la cacerola sin éxito para adivinarlo.

-Primero probamos y si te gusta, te explico -negoció acercándose a ella. Hizo el amago de abrazarla pero se contuvo-. ¿Te has lavado bien las manos? ¡No te has lavado aún! Y estas en los fogones, ¡venga a quitarte esa ropa y lavarte bien esos dedos!

-¡Sí, mi capitana!

-¡Sí, mi Comandante de la Cuarentena Mayor! -corrigió mientras la veía marchar por el pasillo camino del baño.

Cuando Vanesa volvió se encontró a su novia tumbada en el sofá mirando las noticias que emitían en la televisión. Un comunicado especial. Todos los días había uno. Le dijo que iba sacando la comida y Victoria apenas murmuró su aprobación. Cuando le llamó a la mesa fue inútil. Tuvo que ir a buscarla. Estaba ensimismada con las últimas declaraciones.

-¿No crees que si lo emiten todos los días ya dejan de ser especiales esos comunicados? -apuntó Vanesa, tomándola de la mano y tirando para que se levantase.

-Creo que la situación se está agravando. ¿De veras tienes que ir a trabajar? ¿No pueden sustituirte?

-Guapa, hacemos turnos. Alguien tendrá que atender a la gente para sus suministros, ¿no crees?

-Pero no confío en las mascarillas que te dan en el supermercado. Seguro que tu jefe trata de ahorrarse céntimos y pilla las más baratas…

-¿Lo discutimos con la barriga llena? Me muero de hambre -sentenció apagando la televisión. Por el olor de la cocina merecía la pena ir a trabajar cada día.

La mañana siguiente se levantó fría y gris. Buscó a tientas a Victoria y no la encontró en su lado de la cama. Extrañada, se puso en pie y fue a la cocina a prepararse un café. La encontró en cuclillas sobre una silla, mirando el ordenador con una taza humeante a su lado.

-¿Trabajando? -quiso saber Vanesa, porque a pesar de saber que su pareja era licenciada en economía, no entendía bien en qué consistía su trabajo en el departamento de transparencia digital de la empresa para la que trabajaba.

-No, leo noticias. ¿Sabías que países próximos al nuestro están aplicando medidas distintas frente a los casos de infección por virus?

-Vic, cariño. Quiero desayunar creyendo durante un ratillo que mereció la pena dejar sobre la almohada ese sueño con Emma Stone a medio terminar.

Un asentimiento de cabeza fue toda respuesta por parte de Victoria. Siguió repasando titulares en aquella pantalla blanca. Vanesa fue a prepararse algo para tomar fuerzas. Mientras se calentaba la cafetera vio el cuenco de frutas sobre la encimera. Pensó que no perdía nada por acompañar sus cereales con un buen zumo de tres naranjas.

La pecera tenía cola frente a sus puertas. Una fila de personas, separadas por metro y medio, que llegaba hasta la esquina próxima. Vanesa casi se sentía como una persona vip, de esas que para entrar en un garito le dejan saltarse toda la espera ante la mirada indignada del resto. Era su medio minuto de gloria. Luego venía la rutina. Vestuario, medidas de seguridad, posiciones, levantamiento de cejas por encima de la mascarilla. Ese día había avalancha de clientes de asalto porque alguien había dicho en la televisión algo sobre la posibilidad de que en los próximos días  faltasen algunos productos como la mantequilla o las compresas. Vanesa y su compañera tuvieron que ir negándolos cada vez que nadaba un pez por delante de la caja. No fallaba. Un señor le preguntó con tono acusador si pensaban quedarse sin suministros en la próxima semana, porque si era así tenían derecho a saberlo. Insistió tanto, bloqueando el cobro del resto de clientes, que tuvo que ser invocado el supervisor para que le tranquilizase ante el rumor infundado.

 -La gente se asusta muy rápido -bromeó el supervisor tras una segunda resolución de dudas en algún momento posterior de la mañana. Ambas le sonrieron pero su gesto solo se intuía por las arrugas junto a los ojos-. Pero hay que entenderlos… Es una situación peligrosa. Es algo serio. Hay que estar atentos a la seguridad y los avances en busca de la protección frente al virus.

-Supongo que usted conocerá el efecto de las tres naranjas, ¿no? -intervino Ana desde su puesto, con rostro de solemnidad bajo la máscara.

-Pues… creo que no -confesó y aquella trabajadora le contó todo el procedimiento con todo lujo de detalles. Cuando terminó, el supervisor emitió una buena carcajada y se acercó un poco a su posición, sin dejar de mirar a ambas-. No me malinterprete, no me rio de usted. Me hace gracia porque de por sí es sano beber zumo de naranja. Pero, si bien no anda mal desencaminada, ese no es el remedio más directo para prevenir el virus.

-¿Cuál entonces? -quiso saber Vanesa, alegrándose internamente de no haber confesado aún a su amiga que había hecho gárgaras esa mañana.

-Frotarse el pecho con media rodaja de limón justo antes de dormir cada noche. Te despiertas con las vías respiratorias más abiertas y fortificadas. ¡Probadlo! -animó y para subrayar sus buenos efectos se quitó la mascarilla y tragó una amplia bocanada de aire sin dejar de sonreír-. ¡Invulnerable!

-Si es invulnerable, ¿por qué sigue usando guantes y mascarilla? -preguntó Vanesa, a quien todo aquello le parecía un teatro en directo.

-Porque tranquiliza a los clientes, obvio.

Una vez terminaron la jornada, su compañera le susurró que el remedio del supervisor le parecía una estupidez y que no tenía que haber pegado esa bocanada junto a la puerta de entrada de tantísimos clientes. Su remedio de naranjas no era comparable con la superficialidad de aquel mejunje. Además, recordó que las gárgaras había que hacerlas con el zumo recién exprimido. Que las vitaminas se evaporan deprisa.

De vuelta a su hogar, no vino a recibirlo ningún olor en concreto. El piso estaba a oscuras y eso ya le terminó de inquietar. Antes de salir del supermercado había llamado a Victoria para preguntarle si le apetecía algo en concreto para comprar de cena y su móvil no había dado señal. Y, conociéndola, era improbable que hubiese salido a la calle. No tenía excusas laborales o perrunas. Así que cerró con precipitación, dejando su mochila en el suelo y fue a buscarla al interior de la vivienda.

-¡¿Vic?! -voceó temiéndose un desmayo o accidente.

-¡No grites, chica! -respondió desde la misma silla donde le había dejado esa mañana. Seguía frente al ordenador, aunque por su pelo mojado se apreciaba que se había duchado hacía poco.

-¡Estúpida, me habías asustado!

-Me estás asustando tú a mí. ¿Te has lavado las manos? Que estas en un lugar lleno de gente que viene y va, vamos a ser más conscientes Vanesa…

Indignada, por no querer fomentar más discusión, se fue al baño. Viendo que no había nada en la cocina, no quiso ni preguntar si ella había cenado. Sacó una pizza del frigorífico y se propuso prepararla. Allí, en la balda inferior, le miraba un limón con picardía. Mientras esperaba frente al microondas, tecleó en su móvil a través de ciertas redes sociales. El pánico de la gente era agotador. Salió de aquellos foros y buscó algún vídeo en Youtube que le hiciera reír los minutos que restaban. Después de comer sola en la cocina, se sentó un rato en el sofá buscando alguna película en la televisión.

-¿Me vas a contar por qué tenías el móvil en silencio?

-Te va a parecer que es una estupidez, pero lo he leído hoy en varias páginas web. Están geolocalizando a los ciudadanos y grabando llamadas para ver si cumplen o no el confinamiento impuesto por el estado de alarma. Pero pienso que la verdad es que quieren aprovechar para terminar de ficharnos a todos. Quién es quién, las conexiones que nos vinculan, dónde vive cada uno… ahora que todos están en sus casas quietecitos. Apagando el móvil estoy fuera de su radar.

-Perfecto. Ahora teorías de la conspiración…

-Es solo por seguridad.

-Ya, claro.

-¿Qué? ¿Piensas que estoy loca?

-Pienso que te estás metiendo en una divertida película de espionaje. Y a mí me apetece otro tipo de cine -dijo cambiando de canal y dejando una de esas series que ya había visto pero que nunca se cansaría de ellas.

Esa misma noche comenzaron a cerrar todas las cortinas del hogar antes de acostarse. Victoria estaba dispuesta a desaparecer por completo del mapa durante esa cuarentena. Le había comentado que ya sólo navegaba por internet si era con pestañas de incógnito. Que aun así borraba el historial, los permisos y cookies de su ordenador a final de cada día. Lo mismo con el teléfono móvil. Y había dejado de usar las redes sociales. Vanesa se giró hacia su lado sin aprobar ni disentir sobre aquel despliegue de psicosis. Ya tenía suficiente y sentía flaquear su sensación de seguridad con tanto riesgo invisible. La factura llegaría. Cuando una hora más tarde se fueron a la cama, el silencio en aquel dormitorio, sin luces ni movimientos, facilitaba oír el mayúsculo aliento contenido de la ciudad. Nada parecía existir más allá de la cortina. Un vacío mundial. Ni coche lejano ni pantalla sonora. Animales y humanos pactando ocultar su presencia. Todos cayendo en un letargo que aliviase la tensión del día. El gran apagón.

-Vanesa… -susurró Victoria desde la antesala del sueño con apenas un leve tirón de la colcha.

-Dime.

-¿No huele un poco a limón?

-No sé de qué me hablas -fingió con un hilo de voz antes de procurar dormirse sin confesar, llevándose una mano al pecho humedecido.

Tras recoger un poco el piso sin despertar a Victoria, se preparó su zumo de tres naranjas y fue camino al supermercado. Iba con los cascos conectados al teléfono móvil, escuchando música. Todo parecía irreal. Como si esa fuera la banda sonora a una película postapocalíptica que estuviese protagonizando. Pero con carreteras limpias y sin invasión de la flora. <<Porque a nada que nos descuidemos salen arbustos y palmeras en mitad del asfalto. La Pachamama no da prórrogas>> reflexionaba para sí en voz baja mientras buscaba la siguiente canción. A dos calles de distancia le saludó un comprador habitual que sacaba a su perro frente a un bloque de pisos. Nunca le había parecido amable con ellas y le sorprendió el gesto.

-¿Le puedo hacer una pregunta? -La interpeló desde la otra acera con una sonrisa.

-Claro, dígame -dijo frenando su impulso de mirar el reloj para no parecer maleducada.

-¿El súper va a limitar el número de productos por cliente? Porque me ha llegado por WhatsApp un mensaje sobre…

-No -contestó ofendida mientras retomaba el trayecto, colocándose los cascos de nuevo. Pensó que era demasiado temprano para que le asediaran con miedos irracionales. <<Por suerte, mañana libro>> pensó como compensación a esa ansiedad. Los turnos estaban así dispuestos. Tendría todo el día para estar en el sofá de su casa, lejos del pánico y los protocolos.

Las horas eran más anchas desde su lado de la caja. Tardaba más el minutero en hacer su ronda. Los focos halógenos irradiaban la sensación artificial de que siempre había el mismo ambiente, el mismo estado mental dentro de la pecera. Su amiga estaba un poco ensimismada en sus meditaciones aquella mañana y tampoco podía considerar una balsa su presencia. Resignada, pensando en el día siguiente en el que podría descansar, continuó su tarea de cobrar los productos a sus pececillos. El aburrimiento le hizo fijarse en las clases de mascarillas que traían. Por supuesto, estaban las homologadas. Eran las menos. Se notaba la escasez. Algunos traían máscaras de trabajar en la obra o pintando. Otros se la fabricaron en casa, con telas de colores, bordados exquisitos o con bocas pintadas que simulaban vampiros o pirañas. Algún hombre de negocios llegó con una mascarilla de color estridente y lunares blancos, propia de ferias como mínimo. Hubo algún cachondo que trajo máscaras de juguete, simulando ser un caballo humanoide. Un par llegaron con pañuelo pirata anudado a la nuca. Pero ella sabía que, si bien condensado parecía un desfile de carnaval, la dilatación de las horas no compensaba esa distracción. Cuando llegaban la sorpresa le duraba un segundo, siendo generosa. Luego lo normalizaba.

A mitad de la jornada, su compañera le confesó que estaba preocupada por su propia salud. Al parecer, le picaba la garganta. Que no entendía cómo podía pasar si cada mañana hacía sus gárgaras estrictas y bien cuidadosa era con la mascarilla y los guantes. El fregado de manos lo repetía cinco veces por hora en su hogar. No lo entendía, una veterana cómo era de arañar epidermis con agua y jabón. Vanesa trató de tranquilizarla, asegurando que lo más probable es que no fuera el virus, sino algo de frío que habría pillado, quizás un uso excesivo de la charla, a saber. Entraron un trío de enfermeras, identificadas así por esos zapatos cómodos y feísimos. Su compañera le dijo que les iba a preguntar si lo suyo era grave cuando pasasen por caja. Que cualquier opinión cercana a la médica sería mejor que sumergirse en internet y buscar la hecatombe. Porque buscar qué significa un lunar más pálido de lo usual es acabar en muerte fulminante, eso lo sabían las dos, aunque luego resultase que era una mancha derretida de chocolate.

Como cazadoras, acecharon desde sus posiciones. Atendían con presteza a los clientes que no llevaban zapatos horrendos de hospital. Se reservaban para las enfermeras, estructurando mentalmente un dialogo que rondase lo casual y acabase en consulta profesional gratuita. Vanesa las vio llegar y silbó a su compañera a través de la mascarilla.

-Buenos días -sonrió sin sonrisa Vanesa, la elegida por el azar para cobrar sus compras y exponer el caso. Ellas le devolvieron el saludo mientras la cajera se afanaba en pasar los productos con una lentitud impecable-. Trabajan en el hospital, ¿verdad?

-Sí, de ahí venimos, en un descanso mínimo que tenemos -respondió la número uno.

-Está la cosa como para perderse… -coincidió la número dos y la número tres acompañó con una risita.

-Ya veo -dijo Vanesa, levantando las cejas. Vio a su compañera que le miraba con los ojos muy abiertos, insistiendo en silencio pero con mucha intensidad-. ¿Podría hacerles una pregunta rápida?

En ese momento las tres se miraron entre sí. Tenían la misma expresión que Vanesa había tenido ante la interpelación del comprador con su perrito. Ella incluso se sintió incómoda con la proposición. El trío contestó que sí con amabilidad pero algo invisible contrariaba la respuesta. Quizás solo fuera el cansancio, quiso pensar Vanesa pasando los productos por el láser.

-Llevo unos días con picor intenso de garganta y, entre toda esta locura y vorágine de la pandemia, ya saben… No quiero molestarlas, pero me preguntaba, ya que trabajan en el hospital, si creen que podría estar relacionado o algún consejo que pudieran darme…

-A ver, mujer -intervino la número dos-. Yo en principio no creo que eso sea nada grave. En todo caso, si empeora, deberás ir a una consulta. Pero si no tienes los otros síntomas no creo que vayan los tiros por ahí…

-Por otra parte -continuó la número uno-, en el hospital he visto que hacen proyecciones de vapor caliente o algo así para algunos pacientes. Le abren la boca y arrojan una corriente de vapor durante unos minutos dentro de ella. Pero claro, aunque lo he visto hacer, no sé bien si es para lo mismo o es para otra cosa. No somos doctoras.

La número tres volvió a acompañar con risitas que logró contagiar a la número dos. Vanesa les agradeció la información, asegurando que eso le tranquilizaba mucho, empatizando por dentro con su compañera Ana. Una vez se fueron y terminaron de despejar las colas de clientes, su compañera salió de su puesto y vino corriendo hasta su posición.

-¿Qué? ¿Qué? ¿Pinta mal? -interrogó con vitalidad.

Vanesa trató de tranquilizarla pero ella se resistía a tratar aquello como un mero picor de garganta. Cosa que precisamente era. Se mostró muy interesada por el método de aplicar vapor caliente y le agradeció las indagaciones. Horas más tarde, por el camino a casa, a Vanesa le pareció que le picaba la garganta y ya no sabía distinguir si era hipocondría, sed o una maldición egipcia.

Su día de descanso fue día de guerra. Su casa se había convertido en trinchera. Su novia ahora era un agente especializado en contraespionaje. Aquella mañana, Victoria había sumado dos más dos para concluir que van a intentar atacar a la población desde cielo y tierra.

-¿Quién va atacarnos? -preguntó Vanesa, con su café en la mano, participando de la locura de su pareja para entenderla mejor.

-Los militares. La UME. ¿Sabes lo que es la UME?

-¿La Unión de Músicos Españoles?

-No, joder. La Unidad Militar de Emergencias. Un cuerpo especializado para garantizar la seguridad nacional en caso de catástrofes. Mira, mira -explicó trayendo el portátil hacia el sofá para que Vanesa pudiese leer por sí misma las noticias abiertas desde su página de incógnito.

-Emm… Ok, lo leo, se ha invocado a estas fuerzas para… buscar un plan de contención o algo similar…

-¡Pues ahora mira! -dijo corriendo a la ventana y descorriendo la cortina. El sol entraba con placidez y aquel sorbo de café le supo a Vanesa mejor.

-Un precioso cielo azul y nosotros en casa -aseveró allí sentada.

-No, no -insitió Victoria desde la ventana-. Escucha.

Siguió bebiendo el café allí sentada mientras se hacía el silencio en el salón. El sueño aún le vencía, pero por desgracia sabía que una vez despierta no podría volver a dormirse aunque siguiese en la cama. Entonces llegó. Un aleteo sutil que iba creciendo. El sonido era insistente. Vanesa trató de recordar a qué correspondía pero no acaba de ponerle la palabra. Victoria le ayudó con una sonrisa.

-Helicópteros -confirmó.

-Vale, ¿y qué?

-Van a desinfectar la ciudad. ¿Y sabes cómo? ¡Fumigándonos!

-No es necesario que grites, es molesto cuando una se acaba de levantar…

-¿No te das cuenta? Van a liberar un gas potente. Tenemos que cerrar puertas y ventanas, bloquear rendijas, el conducto de ventilación, sellar el marco de la puerta, las cerraduras…

-¡Uy, ya tienes planes para el día! Que disfrutes. Por favor, no me impliques en ese juego de supervivencia.

-¿No me vas a ayudar a aislar el piso?

-Te lo dejo todo a ti. Hoy estoy en mi día libre. Te prometo que yo me encargo de bloquear los accesos cuando llegue el apocalipsis zombi. Esa es mi especialidad.

Su novia, alterada, eligió ponerse manos a la obra antes de insistir contra su inacción. Si debían pasar tiempo confinadas, sabía que lo último que necesitaban era un ambiente de batalla y reproches. Cuando empezó a desfilar por la casa con la cinta aislante y el plástico para envolver alimentos, Vanesa sintió la necesidad de un espacio propio, una intimidad en la que respirar, por lo que fue al baño, cerró con pestillo y se sentó sobre la tapa del váter. Hundió la cara entre sus manos abiertas, descansando con los ojos cerrados. Inspiró un poco por la boca y volvió a sentir cierto picor. O igual se lo imaginaba, ya no estaba segura. Abrió el mueble bajo el lavabo y rebuscó entre los rollos de papel higiénico y los paquetes de compresas. Al fin encontró el secador, se levantó y lo enchufó junto al espejo. Tras unos segundos, antes de encenderlo, se vio a sí misma reflejada en el espejo, con la boca abierta y el secador apuntando a sus dientes. Se sintió tan ridícula que comenzó a reír a plena carcajada allí dentro. Su novia le preguntó a través de la puerta si estaba bien, cosa que le provocó más y más risa. Se secaba las lágrimas con el dorso de la mano y al volver a enfocar la imagen misma del secador se desataban de nuevo largas risotadas que la obligaban a doblarse, abrazándose la barriga. Su novia dejó de insistir al otro lado de la puerta, riendo por contagio auditivo, pero atenta a cualquier ruido extraño. Finalmente la puerta del baño se abrió.

Haciendo caso omiso a las preguntas de su pareja, Vanesa se dirigió de nuevo al salón. Se agachó frente a la biblioteca y extrajo de la zona baja una botella de licor de crema irlandesa. Agarrándola del cuello, se dirigió a la cocina para coger un vaso ante la pasmada mirada de Victoria. Volvió para sentarse cómodamente en el sofá, reclinada y con las piernas sobre la mesita. Se sirvió con generosidad y bebió con egoísmo.

-Las cuarentenas están llenas de preguntas con la misma respuesta. Esa que todos tratan de ocultar, ¿no crees? Vaya trampa. ¿Adivinas la respuesta? -expresó como suficiente explicación. Luego siguió riendo y brindó por la ocurrencia-. Estoy agotada. He decidido mi propio remedio. No frente al virus, no. Contra los peces. Voy a nadar mejor que ellos.

Su novia se dio por vencida, agobiada por su propia prisa. Siguió bloqueando los accesos al exterior. Vanesa tomó su móvil, lo conectó mediante bluetooh a los altavoces del salón y lanzó su lista de canciones favoritas. No escatimó en volumen. Miró al cielo azul a través del cristal de la ventana. Con esa atmósfera y llenando el vaso conseguiría evitar las olas y la tormenta que se desataba en la superficie. Incluso las corrientes internas si se despegaba lo suficiente de la agitación de la primera línea. Vanesa se dijo a sí misma que había que pensar menos y practicar más la constancia. Cada día, al dejar la costa, llegar al sofá y bucear. Al menos hasta que pase el furor de la borrasca. Y se aprecie mejor si delante tenía peces o personas.  

Cuando a la mañana siguiente llegó a su trabajo coincidió punto por punto en cada fórmula de autosalvación que le confiaban. Dijo cumplir todos los rituales, sin excepción. Desde dejar los zapatos fuera de casa hasta contener la respiración mientras hacía contorsiones de yoga. Incluso propuso algunos nuevos, para  distraerse entre tantas horas de exposición bajo los halógenos inagotables. El pañuelo de tela en el pomo de la puerta que espantaba males según una clásica tradición rumana; la pasta de dientes con vinagre; la necesidad de que hombres y mujeres se dejasen bigote que frenasen el armamento vírico. Vanesa estaba orgullosa de su creatividad. No le molestó enterarse de que el trío que trabaja en el hospital, el mismo que le aconsejaron por sorpresa, eran en realidad limpiadoras. Peces, peces, peces. La tormenta arriba, la calma bajo la superficie. La pecera girando y Vanesa con su máscara, sus guantes. El equipo de buceo. La tranquilidad llegaría  desde abajo. Una botella nueva, reservada para sí misma, permanecía bajo la caja de cobro a la espera del fin de jornada.

FIN

Alberto Revidiego

Cuarentena , Sevilla, 2020

Relato alojado en: www.albertorevidiego.com

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