VIKINGO EN EMISIÓN

Las instrucciones estaban claras. Habían sido decretadas por él mismo. No habría nada que hacer hasta las dieciséis, cero, cero. Hasta ese momento, todo el mundo podría repasar los más de cuatrocientos vídeos que había alojado en su perfil de YouTube. Todos ellos creados desde la declaración de cuarentena, hace menos de una semana. Una tarea encomiable, al menos en comparación con otros creadores de contenido. Él había visto claro esa necesidad, esa urgencia.  Antes de la adopción de tales medidas gubernamentales, no tenía tiempo para lo que él consideraba tonterías. Había que levantar hierro. Proteger las puertas de ciertos garitos nocturnos a cambio de dinero. Madrugar y volver a levantar hierro. Así se forma un auténtico vikingo urbano. O eso vendía a través de la pantalla.

Ese concepto, el vikingo urbano, creado por el propietario de aquel canal de difusión, fue inspirado por aquella civilización de guerreros que había sembrado una mitología propia en su cabeza, a base de películas y series. No es que fuese un amante de la cultura nórdica, debe aclararse. Él estaba enamorado de la imagen. Plana, superficial, musculosa y sangrienta. La imagen de un vikingo. Él ya era alto, rubio, fuerte y tenaz. Incluso llevaba su pelo fijado en una larga trenza que le caía por la espalda. En su mente completaba la línea de puntos que definían la personalidad o rasgos que debería tener alguien así en pleno siglo XXI. Un guerrero indomable.

Dieciséis, cero, uno. La pantalla se ve agujereada por un disco que gira sobre sí mismo. En letra blanca, justo debajo, puede leerse Cargando. Él está sentado en el sofá de su casa, con camiseta ajustada de algodón y calzonas que debe estirar para que no se le vean intimidades en esa posición frente a la cámara. Espera que el satélite y su móvil se conecten. Antes de aparecer en emisión ya puede constatar que tiene unos seiscientos espectadores. Y subiendo.

-¡Skål, mis guerreros! Soy el vikingo urbano, este es mi canal y, como prometí en el vídeo anterior, ahora comienza un directo en el que me acompañaréis en esta nueva aventura. -Había practicado ese saludo unas quince veces ante el espejo esa misma mañana, porque sabía que los nervios podían pasarle una mala factura y no habría posibilidad de edición como en sus otros vídeos. Respiró aliviado por haberlo dicho con carrerilla, tiró hacia bajo su corta pernera y continuó-. Bien, como muchos de vosotros sabréis, llevo una especial cruzada contra los monitores online. Sí, ya sabéis de qué mamarrachos hablo. Fitness home, En forma desde tu salón, Aerobic-balcón, Cómo ponerse cachas desde tu dormitorio…. ¡Me repugna! Esos que dicen ser deportistas, maestros y coordinadores de gimnasio ¡no tienen ni idea! Esas falsas profecías de que vas a perder tu lorza, barriga o culo con tres fáciles ejercicios subidos a una silla de la cocina… ¿alguien las cree de verdad?  

Aprovechó esa pausa para beber un poco de agua de su botella. Así pudo ir leyendo comentarios esporádicos de los espectadores que ondeaban desde el <<nadie confía en esos trucos>> hasta el <<¿te has dado un golpe en la cabeza? ¡Claro que son efectivos!>>. A él le encantaba esa división, pero lo que más le fascinaba era que día tras día le siguieran viendo y comentando.

-Pues así hay mucha gente generando contenido en esta plataforma. Dan vergüenza. Suben vídeos con rutinas de ejercicios en dos metros cuadrados, apoyados en la bañera… Luego están los que hacen ejercicios en un salón inmenso o aula de gimnasio y pretenden que los demás lo recreen entre sus muebles y familiares. Una bola de estupidez que no deja de rodar… ¡pero no me va a salpicar, mis guerreros! ¡Yo soy el vikingo urbano! -Aprovechó para tomar el móvil y ponerse en pie. Cogió del suelo su bolsa de deporte y se la echó al hombro-. A mí el virus no me asusta. ¿Una persona joven, sana y fuerte como yo va a temer una enfermedad que ni le rozará? Por favor… Hay que ser consciente de que no todos estamos en riesgo. Y si no me infecto no entiendo cómo podría ser portador. Por ello mismo, este directo es para anunciar de que, gracias a un buen amigo, ¡vuelvo a entrenar en mi gimnasio habitual! Sí, lo que oís. Lo abren para mí. Y sé de buena tinta que si os animaseis, abrirían otros gimnasios para que vayáis. Un verdadero guerrero tiene que entrenar con el equipo adecuado. ¡El miedo no muscula tus brazos, el miedo no tensa tus piernas! Este pectoral está dispuesto a desobedecer unas normas que considera abusivas para fortalecerse. Es por motivo de salud, pensadlo. Y por esa misma salud voy a salir ahora mismo a la calle. Y vosotros me vais a acompañar en directo.

Enfocó su bolsa de gimnasio, sus botines y la puerta de la calle. Abrió la misma, cerró con llave al salir y bajó los escalones al trote. Una vez en la puerta del bloque se aseguró de estabilizar el objetivo y grabarse respirando con gesto complacido en mitad de la calle vacía. Miró a cámara y dijo <<Sin miedo, a levantar hierro>>. Entonces echó andar, fiel a su discurso, con retransmisión inmediata para una audiencia que no dejaba de aumentar. Si captaba movimiento en los balcones, saludaba con alegría y les gritaba que no vivieran en el terror. Que la vida es demasiado valiosa como para estar bajo esa tensión. Esto lo anunciaba a los eventuales vecinos que veía a su paso, aunque tenía claro que el receptor real de aquel mensaje era su propio espectador. Por supuesto, su cámara no enfocaba los insultos que aquellos les lanzaban desde sus ventanas, llamando a la responsabilidad, pues sus reproches quedaban superpuestos por comentarios del propio vikingo urbano.

-Bien, pues ya me encuentro en las proximidades del gimnasio de mi colega. Debo respetar su privacidad y cortar aquí la conexión antes de llegar. Porque, aunque es un valiente guerrero como vosotros, sabe que estas autoridades que nos gobiernan podrían multarle o incluso detenerle. Y eso sería nefasto para su negocio. Por lo tanto, corto aquí la transmisión y reanudaré un nuevo directo mañana a las dieciséis, cero, cero. De nuevo, camino para el gimnasio. Fortaleciendo así cuerpo y mente. Y espero poder contagiaros esta valentía y ánimo que yo siento. ¡Hay que vencer al miedo y salir a entrenar!

Apagó el directo y guardó su móvil en el bolsillo de las calzonas. Avanzó unos metros, deteniéndose a dos metros de una fila de personas que esperaban para entrar en el supermercado. Las normas habían establecido que estos comercios seguirían abiertos para el suministro básico, pero que el aforo permitido sería de veinticinco personas a la vez. A partir de ahí, solo saliendo una, entraba otra. La vigilancia de su  cumplimiento era estricta. La participación de la ciudadanía había demostrado su cabalidad, respetando las medidas en todo el territorio. Aquel vikingo urbano preguntó con educación a la señora más próxima si era la última. Ante su confirmación, tomó posición a la distancia de seguridad y abrió el macuto. De allí extrajo una sudadera abierta. Se la puso, dejando la bolsa vacía en el suelo, y cerró su cremallera hasta el tope superior. Golpeó con sus pies el suelo de forma alternativa para espantar el frío mientras maldecía el viento que se estaba levantando. Sacó su móvil de nuevo y se dispuso a cuantificar las visitas del directo. Sonrío con satisfacción. Mucho mejor de lo esperado. Y encima lo tachaban de loco. Comentarios de envidia, comentarios de odio. Y, por supuesto, todo lo contrario. Tercera Ley de Newton: Toda acción tiene su reacción igual y opuesta. Comentarios que lo encumbraban como un héroe. <<Así se hacen las cosas>> se decía con la barbilla pegada al pecho por el frío. <<Ahora a comprar macarrones, tomate y atún. Luego para casa. A editar vídeos. Ya está bien por hoy>>.

Para Pablo, que era el nombre offline del vikingo urbano, esa era su clave del éxito. Engañar a una audiencia, ganar seguidores, exportar vídeos, monetizar su actuación. Él creía en su discurso, no era un completo hipócrita. Pensaba que eran unos estafadores el resto de entrenadores telemáticos. Pero no por ello iba a dejar de sumarse a la ola de los beneficios. Estaba en el paro y ello le supondría un ingreso si todo salía bien. Y el resto importaba bien poco.

El truco fue gestándose día a día. Las audiencias mostraban una voracidad creciente a la hora de verle y hablarle. Todos querían participar de aquellas escapadas al gimnasio. Aquella sensación de clausura que todos vivían se focalizaba con facilidad en aquel tipo que hacía lo que quería desafiando a las normas establecidas. Un temerario que se enfrentaba al virus con una sonrisa en el rostro, ajeno al pánico y a la sombra de la enfermedad. Para otros muchos, era uno de los mayores egoístas que convivían en su país. Pero la visita al canal era una espectador más, el número de visualización era un peso creciente y el éxito personal un objetivo palpable.

-<<Dinos dónde está ese gimnasio y vamos contigo>> me dice Leopoldo42. ¡No me tiréis de la lengua! Sabéis que no puedo revelarlo, es por seguridad -repasaba en plena emisión de una sobremesa más, camino de una presunta sesión de mancuernas-. Venga, os sigo leyendo que aún me quedan un par de minutos para llegar y machacar estos bíceps. <<¿Estamos en la misma ciudad? Yo creo que eso del fondo es el parque Emirato>> dice Virginia Cáceres. ¡Vaya ojo que tienes, chica! Sí, es el parque Emirato, cerrado por culpa de estas medidas que no permiten ni que vayamos a respirar aire fresco a nuestras zonas verdes. No obstante, no está por aquí el gimnasio, por si querías deducirlo a raíz de ese dato. <<Eres un cabrón, deberías estar en casa como todos. Ojalá te multen>>. Bueno, bueno, Federico va con las uñas fuera. Mira, amigo. Yo no considero que esté haciendo algo malo. Mantengo mis distancias de seguridad con la gente y en el gimnasio estoy solo. Y te tomo la palabra, si hago algo fuera de su ley que me multen. Que se atrevan. Yo solo promociono la salud con honestidad, nada de falsos remedios caseros.

Pablo estaba seguro de que eso no ocurría. Siempre usaba la estratagema del gimnasio para ir a comprar al supermercado, por lo que, si algún día la policía le interrogase por el camino, bastaría con indicar que va a comprar o enseñarle el ticket de compra si venía de vuelta a casa. Ahí verían la hora de la compra. En el carné de identidad podrían apreciar que es el mercado más próximo a su calle. <<Estoy  cubierto>>, se decía a sí mismo cuando una duda fugaz atravesaba su mente. Entonces desechaba la indecisión y continuaba como si nada. Así, el vikingo urbano siguió despachando comentarios en directo durante siete minutos más antes de volver a disculparse por cerrar la emisión para salvaguardar la identidad del lugar. Una vez fuera de línea, volvió a comprobar las cifras mientras llegaba a la esquina del supermercado. Subían sin freno. Su audiencia llegaba de todo el país y parte de Latinoamérica.

Pasada la primera semana, algo le puso nervioso. A través de las redes sociales le llegaban noticias de casos en los que habían multado a viandantes que no habían podido justificar su paseo. Al parecer, el control se estaba endureciendo a causa del incremento de contagios y muertes. Salir solo por motivos laborales, médicos, de asistencia o fuerza mayor. Muy cuestionables las incursiones por alimentación y productos farmacéuticos, que estudiarían caso por caso. Los que lo tenían sencillo para dar una vuelta eran los dueños de perros. Pablo se maldijo por no tener uno, pero en su piso de veinte metros cuadrados sería un castigo para el pobre animal. Los seguidores de su cuenta le enviaban aquellos anuncios casi como un reto. No pretendía que se quedara en casa, más bien darle motivos para salir más. O así lo entendía Pablo. Y de esa manera lo estaba filtrando en su conciencia. Por otra parte, Virginia Cáceres, su fiel seguidora, había comenzado a escribir comentarios en sus últimos vídeos anunciando que iba a descubrir cuál era su gimnasio secreto. En su alegato defendía que, al ser del mismo barrio, sentía el deber de dar con el local para lograr que lo cerrasen. Porque la alarma social no debía ir a más y no creía razonable que él fuese saliendo por ahí por el simple motivo de ponerse cachas. Aquello le descuadró. Se levantó del sofá y se internó en el baño dando un portazo. Fue al lavabo y se echó agua en la cara. Conocer esa intención le molestaba, en primer y visceral lugar, porque pensaba que como fan estaría impresionada por sus hazañas y que igual cuando esto pasase podría tener algo con ella. Se miró al espejo con surcos de agua cayendo por su rostro y prescindió definitivamente de esa idea llevándola al enfado. En segundo lugar, sopesó, ahora se sumaba al riesgo la sensación de sentirse espiado fuera de cámara. Es decir, que le desmontasen su figura pública. Porque cuando la chica se agotase de buscar en las proximidades un gimnasio que no existe, su siguiente paso lógico, razonaba Pablo, sería esperarle junto al parque Emirato, sabiendo que pasa por allí a diario, y seguirle con discreción. Entonces estaría vendido. No podía permitir que fuese pregonando que el vikingo urbano se dedicaba a comprar pan de molde sin cortezas mientras decía estar golpeando al saco. Pablo aprovechó que estaba allí y se lavó las manos a conciencia. Lo último que necesitaba era pillar ese odioso virus del que no paraban de hablar en todas partes.

-¡Skål, mis guerreros! Estamos haciendo frente al octavo día desde que se promulgó la cuarentena, ese fatídico sábado en el que nos obligaron a quedar presos en nuestras viviendas. Creo que se han cometido errores por parte de muchos, pero también que se está exagerando bastante. Una gran parte de la población somos resistentes a los duros efectos del virus, no diré inmunes pero sí lo suficientemente preparados para defendernos de él. La mayoría han optado por cumplir a rajatabla el encierro domiciliario y lo respeto. Sí, os estoy leyendo, tranquilos. No, mi respeto no entra en contradicción con lo que vengo compartiendo con todos vosotros. Yo me siento contrario a los entrenadores que hacen vídeos diciendo cómo tener el culo duro y los hombros anchos con dos ejercicios que podéis hacer en una esterilla de yoga en mitad del dormitorio. Eso son idioteces. También soy opuesto a que la gente joven, sana y deportista se quede encerrada. Pero allá cada cual. Yo tomé mi decisión. Animo a que seáis valientes. Pero no machaco a quienes no se atreven a ir al aire libre. No todos somos igual de fuertes…

Sabía el efecto que produciría su parlamento. Al instante, toda la pantalla quedó invadida por una cascada de comentarios agresivos. Los más suaves eran ejemplos exquisitos de humor negro. Los más duros, demasiado previsibles. Pablo entendía que esta polémica era necesaria de vez en cuando para que se propagase su fama. Correr ríos de tinta, que decían los antiguos, expresión ya caducada. Aprovechó la descarga de frases para tomar su sudadera y guardarla en el macuto sin que saliese en plano. Echó un vistazo a pantalla antes de hablar y leyó la notificación: <<Virginia Cáceres se ha conectado>>. La tensión se manifestó, a pesar de haberse convencido aquella mañana de que lo más probable era que la chica no perdiese el tiempo saliendo a la calle, jugándose su salud para encontrar un gimnasio. <<Sería una locura para alguien que cree tanto en la necesidad de cuarentena>> había razonado  tras su primer café del día. Pero allí estaba entonces, congelado, atento a si hablaba o no en su emisión. Tras veinte segundos sin noticias por su parte, reanudó la conversación con sus espectadores con naturalidad. Tras unos minutos anunciaría  su inminente salida.

-Las llaves… en el bolsillo. Perfecto, pues cojo mi macuto y para el gimnasio que vamos. Un segundo que cierre la puerta. Vale. ¡Vamos a la calle, mis guerreros! Mirad qué día hace. Es cierto que está nublado, pero seamos optimistas, no hay viento ni lluvia. ¿Vamos a quejarnos? Además dentro de vuestro hogar o el gimnasio no se siente las inclemencias del clima. Así que… -Levantó la vista y vio pasar un coche patrulla por la avenida próxima con una velocidad muy reducida. Pablo observó que en la calle que transitaba había una mujer con bata blanca que probablemente iría a trabajar. La única que compartía la vía con él. Todo lo demás era ausencia. No había peatones ni vehículos. Tampoco el ruido habitual de la ciudad en movimiento. Las nubes grises o la atmósfera de recogimiento habían aplacado hasta el jolgorio de los pájaros habituales. Apretó el paso-. No me da tiempo leer todos los comentarios, disculpadme. Me encanta salir por estas calles vacías. ¿No os ofrece la sensación de entrar en otro mundo? Hablo de escenarios postapocalípticos o realidades paralelas. Espacios en los que estamos solos y solos debemos sobrevivir. Para eso, precisamente, se requiere entrenar, partir el saco, doblar mancuernas y machacar la banca de abdominales. Respirar aire puro en la calle. ¡Ser un auténtico vikingo urbano! Si es que no me canso de decirlo… ¡En casa solo se cogen kilos! Y traumas con el virus, os coméis las uñas, leéis bulos que os hacen palidecer  y acabáis viendo vídeos de algún canal con nombre ridículo tipo Cama-Armario-Escritorio, el cuadrilátero del hogar en forma. Uf, no puedo con ello. ¿Habéis visto estos bíceps? -provocó enfocándose el brazo doblado para que saliese bulto del que presumir. Mientras lo hacía aprovechó para mirar atrás, pues le había parecido oír pasos y, acercándose al parque Emirato, quería evitar que esa tal Virginia le siguiera. Una vez comprobado que no había nadie por la zona, continuó entre risas forzadas-. Eso no se consigue ordenando las perchas ni la alacena. Y no os enseño la tableta porque estoy en mitad del vecindario… Bueno, bueno. Leo por aquí vuestras iniciativas caseras. Suerte, amigos. Vais a perder la tonificación, esa es mi opinión. Allá vosotros. Sí, como escribe CamiloTRX, una buena alternativa es hacer uso de la azotea para entrenar. Claro, pero no todo el mundo tiene esa posibilidad. Además, allí no tienes maquinaria para estar intensivo. No obstante, bueno, reconozco que el remedio más plausible. ¡Al menos hasta que os echen los vecinos de la última planta por el ruido que montáis! Bueno, esta noche publicaré un vídeo sobre alternativas reales para entrenar en sitios abiertos como azoteas. Pero, vuelvo a decir, nada de soluciones para ejecutar en la salita con la tertulia de fondo en la televisión. Esto es para gente seria. Me voy despidiendo, mis guerreros. Espero que os cunda tanto como a mí. Nos vemos mañana en otro directo. ¡Skål!

Se giró al instante y volvió a comprobar que era la única alma que atravesaba aquellas calles. Cruzando la avenida, le llegó el rumor de una fiesta en un piso de estudiantes que se extendía al balcón, según pudo comprobar metros adelante. El doble carril estaba iluminado por una hilera de farolas silenciosas que emitían su luz naranja como si de una vieja fotografía se tratase. Por las calles habituales casi se sentía un intruso. Pero eso le gustaba. Le crecía una alegría súbita en el pecho, sin nombre ni definición, por aquella soledad que disfrutaba al quicio de las normas. Esa alegría se sumó a la sorpresa de que no hubiese gente haciendo cola para entrar a comprar en el supermercado. <<Pasta de dientes, verduras y café>> repasaba en voz baja mientras se aproximaba a la puerta de cristal. Y allí se quedó plantado.

Nada hizo abrir las puertas de cristal. Ningún movimiento de sus brazos a la altura del sensor. Aquello le extrañó. Miró al interior del supermercado y las luces estaban encendidas pero tampoco se veía a nadie al otro lado. Dándose la vuelta, no pudo encontrar otra figura humana en aquel cruce de calles. Extrañado ante la falta de cartel que justificase la clausura del comercio, se apoyó en la pared y pensó en otros supermercados o tiendas de alimentación. Le vino a la memoria uno de esos exprés, con poca variedad de productos pero suficientes. <<Si no me equivoco…>> se decía  mientras arrancaba a caminar, <<estará al final de la avenida, junto al concesionario>>.  Y volvió a la calle de luces naranjas. Las farolas creaban sombras irregulares contra los comercios y portales, recortes de oscuridad de los árboles estáticos bajo el laberinto de tonalidades grises que presentaba el cielo de aquella tarde. Él mismo avanzaba paralelo a su sombra que subía y bajaba por las paredes. Pablo solo identificaba el sonido de sus botines al avanzar por el acerado. De vez en cuando, alguna baldosa suelta se levantaba como un mecanismo secreto. Iba mirando a las calles perpendiculares que superaba y nada se movía en aquellos lugares. Comenzaba a pensar que se había internado de verdad en uno de aquellos mundos paralelos de los que hablaba con su audiencia.

Pero si bien eso era posible, no sabía tanto de física como para afirmarlo. Al menos pronto se refutó la soledad absoluta que había imaginado en su diseño de ciudad irreal. Asomó un coche policial en una esquina que desembocaba a la propia avenida. Pablo continuó caminando pero no estaba tranquilo. Había leído mucho al respecto aquellos días. No quería una multa, al fin y al cabo. Entonces, en un acto de instinto animal, se agachó tras un Seat Ibiza y se encogió como bien pudo hasta que pasase aquel vehículo. El sonido del motor se iba aproximando poco a poco, en un alarde del uso de la primera marcha. Esa fue la impresión de Pablo y su metro ochenta y tres, plegado en menos de un metro de escondite. Cuando estaba a su altura, se aseguró de que ni su macuto ni él se veían desde la carretera. Inmediatamente después, fue consciente de la imagen. <<¿Es esto lo que un vikingo urbano debería hacer?>> pensó como reacción y reproche. Se rio de sí mismo, poniéndose en pie, comprobando que la patrulla se había perdido calle abajo. Se consoló con la idea de que nadie lo había visto. Podía ser olvidado sin reparo. No obstante, ese miedo súbito fue una constatación de que las reglas del juego habían cambiado. Al menos para Pablo, ya tan lejos de casa. Debía andarse con ojo. Pero se lo tomó como una yincana de sigilo y agilidad. Algo con lo que poner a prueba sus habilidades.

Llegó a la tienda en cuestión. Cerrada. Un cartel blanco lo indicaba más allá del enrejado que caía sobre la puerta. Pero no se daba explicaciones. Los bloques colindantes tenían las ventanas iluminadas en casi todas sus plantas, pero nadie las atravesaba ni se oía una emisora de televisión o radio. Aquello le hizo dudar de nuevo. Las opciones eran volver a casa o buscar un nuevo supermercado para hacer sus compras necesarias. La tarde oscurecía con prontitud, cediendo el gris de las carreteras al tono del cielo, fundiéndose los extremos de toda altura. Allí, plantado en el final de la avenida, con una circunvalación vacía frente a él, pensó en que necesitaba comprar el café. Sus mañanas debían empezar con buen pie. Se la jugaría a una última carta. Y ya tenía en mente dónde había un supermercado de grandes dimensiones al que podría llegar en unos diez minutos si se daba prisa. Sacó la sudadera y se la puso cerrada. Se ajustó el macuto atravesado a la espalda y partió a su nuevo objetivo con los ojos bien abiertos.

Llegando a la zona, calculaba que la vuelta a su casa la haría en unos veinticinco minutos. Se había desplazado mucho más de lo habitual, pero quería asegurar la apuesta. Este supermercado era uno de los más grandes de aquella zona de la ciudad, con casi total seguridad estaría abierto y tendría todos los productos que necesitaba. Lamentaba no haberse traído los auriculares para ir escuchando música por el camino. No obstante, sin ellos estaba más alerta. De hecho, Pablo era consciente de que se estaba volviendo un poco susceptible a la posibilidad de que le estuviesen siguiendo. Creía oír pasos constantemente y, al girarse, no había nadie. También se refugiaba rápido en las sombras de los portales si veía pasar algún coche a la distancia, sin siquiera discernir si era de la policía o no. Se reconocía a sí mismo que, con esa actitud, parecía más un criminal. Pero no podía evitarlo.

Dobló la esquina y a los pocos pasos aminoró la marcha. Ya el mastodóntico edificio donde estaba alojado el supermercado se intuía fuera de servicio. Todo apagado, cocheras cerradas. Pero a unos metros por delante, en aquel amplio acerado completamente naranja por la iluminación, un trío de policías hablaban entre sí, con los coches abiertos y señalizados en la carretera. <<Probablemente>> pensó Pablo, <<un control de carretera rutinario>>. Pero no se quedó a comprobarlo. Uno de los agentes se le quedó mirando con fijeza. No tenía nada que hacer allí, era consciente,  así que se giró y enfiló sus pasos en dirección a su casa. Dos zancadas después, una voz cortó el aire. Era algo que no llegó a identificar. Pero en la mente de Pablo cada sílaba deformada por la distancia había generado un abanico de significados y mensajes de los que no cabía esperar nada bueno. Sumado ello al sonido, real o inventado, de pasos aproximándose, hizo que el vikingo urbano saliese corriendo de manera imprevista hacia la calle más alejada de aquel lugar. Poco le importó seguir oyendo voces. No iba a girarse y comprobar si eran dirigidas a él. Las calles solitarias hacían reverberar sus pasos, confundiendo su carrera con las hipotéticas carreras sus perseguidores, una suerte de aplauso plano que delataba su trayectoria a través de las calles.

Tras doblar tres esquinas en direcciones aleatorias, sorteando la visión de otros coches patrulla que vigilaban con parsimonia el cumplimiento de aquel estado de alarma, Pablo divisó una zona de arboleda sin urbanizar que no presentaba dificultad para adentrarse a pie. Allí fue, animado por sus sombras y la falta de acceso alquitranado para los vehículos de las fuerzas del orden. Tras tomar aliento y comprobar que nadie le había seguido la pista hasta allí, fue a un claro de luz que había entre árboles. Allí, resoplando por la carrera, intentó pensar con mente fría. Por supuesto, lo primero que emanaba de él eran insultos y maldiciones hacia esas normas de clausura. <<Tengo que sacar provecho de esto, qué cojones>> murmuró sacando su móvil, una vez desahogado. Dispuesto a un nuevo directo, esperaba la conexión frente al disco que giraba sobre sí mismo en la pantalla negra del teléfono.

-¡Mis guerreros! Sé que no es lo acostumbrado. Hacer dos directos al día, ¿es que me he vuelto loco? Pues sí, supongo que sí. Pero quería compartir con vosotros la alegría que recorre mi cuerpo. Tras una intensa sesión he decidido aprovechar para venirme a hacer deporte al aire libre. Porque me lo pedía el cuerpo, claro que sí. Y quería compartir con todos este subidón que supone salir anocheciendo a ponerse en forma en medio de la naturaleza. Como veréis detrás de mí, no hay más que arbustos y árboles. La luna cobrando protagonismo de fondo, ¿os fijáis qué silencio? Es una maravilla. Estoy encantado. Disculpad la falta de aliento, estuve haciendo cardio aquí mismo hasta hace un minuto, para no ceder ni un gramo a las grasas que estamos consumiendo estos días. Además, está bien combinar estos escenarios con nuestros equipos usuales del gimnasio. Yo creo que es la clave, para fortalecer cuerpo y mente, ¿qué creéis? Os leo.

Se recuperaba poco a poco, avanzando entre las densas sombras de aquel paraje que perfilaba uno de los extremos de la barriada. Intuyendo la dirección por la que debía marchar para aproximarse a su zona, fue esquivando como pudo matas de tallos espinosos mientras iluminaba el camino con la luz fría del teléfono. Leía poco a poco los comentarios, avanzando con una oreja puesta a las proximidades. Confiaba en que sus perseguidores se hubiesen quedado fuera de aquella naturaleza urbana. Si es que le habían seguido hasta allí, pues no tenía más que un pálpito como prueba. Paró en seco sobre una zona blanda y resbaladiza, que deseaba que fuese barro y no algo peor. Algo había llamado su atención en la pantalla.

<<Pues yo creo que he descubierto a qué gimnasio va…>> había publicado esa tal Virginia Cáceres. Y había guardado silencio mientras el aforo del vídeo iba rumiando sus palabras y exigiéndole, más que rogándole, esa información privilegiada. Pablo estaba atrapado en la espera y ya no recordaba que su cara de circunstancia estaba siendo emitida en estricta conferencia para los casi cuatrocientos usuarios que estaban conectados. Aquella maldita seguidora tendió un enlace entre aquellos comentarios. Se hizo una pausa terrible en aquel discurso, producto del acceso colectivo a aquella otra página facilitada por Virginia Cáceres. Pablo, que no era menos, entró en la dirección web. Mientras aquella página cargaba, estaba ignorando los comentarios que en su propio canal escribían los seguidores para ridiculizar su cara de concentración. Una vez se cargó el enlace vio una foto publicitaria de un gimnasio de su barrio. Suspiró aliviado.

-No tenéis ni idea. Has ido de lista y ¡vaya patinazo, Virginia! -comentaba con un afluente de risa espontánea. <<Por supuesto que aquella chica no va a salir a la calle para buscar un estúpido gimnasio>> se recordaba a sí mismo-. Ese sitio está bien pero se queda pequeño en maquinaria y se forman colas. He estado, claro. No está a la altura del que yo voy, vamos. Yo tengo mejor ojo porque…

Y ese ruido no fue imaginado. Algo había en la cercanía. Pablo dejó de hablar para  enfocar con su móvil los alrededores pero no alcanzó a localizar su origen. Volvió a la cámara, más por sentirse acompañado que por defecto de comunicador. Le explicó a su audiencia que había oído un ruido próximo, que no alcanzaba a averiguar de qué se trataba. Entonces unos pasos apresurados se oyeron nítidamente dentro y fuera de la pantalla. Pablo se giró y preguntó quién andaba por ahí a voz en grito. Sus ojos buscaban entre las sombras mientras su mente diseñaba un plan de huida en la dirección de los bloques de pisos más cercanos. El manto de hojas y ramas secas del suelo volvieron a crujir de forma próxima. Pablo, sin atender a sus seguidores, manipuló su móvil para activar la función de linterna del flash de su cámara. Levantó su brazo a la altura del rostro y vio como dos enormes círculos verdes se iluminaban a unos metros de distancia. Esas esmeraldas que flotaban a unos sesenta  centímetros del suelo se fueron aproximando en silencio. Otras dos esmeraldas se aproximaron desde su derecha. Un hocico, colmillos. Lanzó un potente ladrido. Pablo no necesitó más. Salió corriendo sobre la hojarasca, golpeándose contra ramas y maleza. Ahora sí que podía firmar sobre los pasos apresurados que le seguían y ganaban terreno. De hecho, Pablo detectó en plena carrera cómo las pisadas se multiplicaban. Gritando quejidos agudos, aquel vikingo urbano corrió a máximo rendimiento hasta alcanzar la calle más próxima. Sin frenar el paso, sintiendo los animales pegados a sus piernas, fue hasta unos coches aparcados en batería y saltó sobre el capó de uno de ellos. De ahí fue, sin tomar aliento, subió al techo del mismo. La alarma del vehículo se activó con estruendo, haciendo parpadear las luces laterales y llamar la atención de los vecinos próximos, que se asomaban a sus ventanas a ver qué ocurría. El par de perros ladraban con furia a aquel sujeto con la cara blanca que se encorvaba desde lo alto. Pablo les gritaba que se fueran, entre pitos y resoplidos. Algunas carcajadas llegaban desde los balcones, donde algunos grababan con el móvil. Al verlos, Pablo recordó que aún tenía el directo abierto en el suyo. Fue a cerrarlo y apreció la ristra de comentarios jocosos sobre sus gritos, huida y expresiones faciales. Desconectó la sesión sin pensarlo. Por la esquina próxima, llegaba un coche patrulla que, al verlo, encendió las luces azules y pulsó con intermitencias la alarma. Los chuchos, al ver aproximarse el vehículo, volvieron a la arboleda en pleno trote. Pablo comenzó a respirar más aliviado. La patrulla se detuvo junto a él y bajaron del vehículo.

-¡Baje ahora mismo de ahí! -Le espetaron mientras uno de ellos echaba mano a la porra.

-Era una emergencia, señor agente -tartamudeó el deportista, sin recuperar del todo el aliento-. Los perros…

-¡Que baje le digo! -ordenó sin ganas de nuevas amistades el otro, que le enfocaba con una linterna para apreciarle mejor el rostro-. ¿Está bajo los efectos de las drogas?

-No lo sé. Podría -respondió el otro agente con cara desconfiada.

-Claro que no me he drogado, ¿qué se piensan?

-Eso dicen todos, muchacho. Venga, baje aquí… -continuaron mientras Pablo descendía con tiento-. Las manos contra el capó, venga.

-¿Qué?

-¡Contra el capó he dicho! -Y le obligaron con gestos bruscos. Una vez registrado, sin drogas o armas que solucionaran el caso rápido, le solicitaron el macuto. Ambos se extrañaron aún más de que lo tuviese completamente vacío.

-¿Qué hace usted aquí?

-Aquí exactamente, huir de esos perros que habrán visto y…

-No, me refiero en la calle. Qué hace fuera de casa si está decretado el estado de alarma, como bien sabrá -interrumpió el agente de la linterna, sin ganas de perder el tiempo.

-¿Haciéndose el cachas? -dedujo el otro agente por la imagen de su ropa deportiva.

-Bueno, no. Estaba comprando -trató de argumentar Pablo, mientras el agente abría la cremallera de su macuto para ponerlo bocabajo y constatar que allí no había nada.

-¿Drogas?

-No, joder. Comida -continuó en su defensa.

-¿Un domingo? Venga, por espabilado, te vas a pasar la noche entre rejas.

-¡¿Cómo?! -Perplejo, mientras lo llevaban al coche patrulla, comprendía por qué estaba todo cerrado-. ¡Que iba a comprar café y pasta de dientes, de verdad!

-Ni comida ni cartera. ¿Y sigues mintiendo, muchacho? Anda, anda… Desobediencia a la autoridad e incumplimiento expreso del deber de permanencia en el hogar. Cuidado con la cabeza -comentó antes de cerrar la puerta del vehículo.

Pablo cayó en la cuenta que con la tensión de la conexión de esa tal Virginia Cáceres se había olvidado de revisar si tenía todo. Apenas cogió las llaves y la sudadera. Se maldijo a sí mismo, no sin antes tratar de convencer a los policías de su inocencia sin éxito. Esa misma noche, alguien en comisaría le reconoció. Se corrió la voz. Pusieron algún que otro vídeo suyo entre los agentes. Vieron sus ostentaciones al margen de toda responsabilidad. A la mañana siguiente una foto de Pablo al otro lado de las rejas tenía más de cien mil visitas. El publicista anónimo la había acompañado de un pequeño texto que rezaba: <<Se pasó de vikingo urbano. Ahora va a hacer flexiones con la cabeza entre la cama y el váter. Deporte de conciencia>>.

FIN

Alberto Revidiego

Cuarentena , Sevilla, 2020

Relato alojado en: www.albertorevidiego.com

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