FAHRENHEIT 451 – RAY BRADBURY

A gran velocidad cruzará aquel camión la calle, envuelto en un fuerte olor a queroseno. Ya frente a la vivienda, con sus trajes y cascos, el grupo de bomberos se dirigirán a la puerta, venciendo toda resistencia. Concentrarán en algún punto del porche todos los libros que encuentren entre sus paredes. A veces, se oyen sollozos de impotencia. En general sólo hay silencio y miradas atentas desde las sombras. Al terminar de acumularlos tomarán sus lanzallamas y, apuntando con precisión, crearán hogueras inmensas cuyo humo lento se pierda en la noche. Volverán al cuartel y esperarán al siguiente aviso. Lo importante es no dejar que te calen sus palabras.

Ray Bradbury
Foto de esquire.com

Ray Bradbury (Waikegan, 1929 – Los Ángeles, 2012) pertenece a esa difusa rama de creadores de distopías que, en algún sentido, han acertado en su visión de futuro. Con el antecedente de la quema de libros de 1933 por los nazis, y aupado por su pasión por la ciencia ficción, desató en esta novela su preocupación por el binomio sociedad-individuo, las consecuencias de la censura y la rendición a las pantallas de entretenimiento. De hecho, la portada de mi libro (primera edición de edición 15 año contemporánea, 2018, Debolsillo) es una llamarada que surge de un libro abierto, que o bien se quema o bien prende con sus palabras. Con treinta y tres años creó esta visión futurista en la que se ha renunciado a los libros y las conversaciones, a favor de la velocidad, los realitys shows y la violencia. Una duda sobrevuela la historia: ¿Estamos vencidos?

Fahrenheit 451 mantiene como protagonista a uno de esos pirómanos profesionales (un bombero, puesto que olvidada queda la ridícula idea de que estos agentes deban sofocar las llamas). Guy Montag se siente satisfecho con su trabajo. Para él no hay nada mejor que volver cada jornada perfumado con el olor a queroseno. Y así debería seguir siendo si no fuese por un par de interferencias. Escenas y personas que se cruzan en su camino, con las que no siente tener nada en común, pero que les hace pensar en banalidades que se filtran en rincones de su mente. No recuerda si es cierto o no que por las mañanas la hierba se encuentre bañada de rocío. Tampoco la última vez que miró a la Luna. Él tiene la mente en cosas más serias. No sabe muy bien por qué pero esas cuestiones comienzan a irritarle. Como la sombra que asoma  de un secreto ignorado.

El silencio es el lenguaje en la historia. Por supuesto que hay diálogos, pero aunque se hable mucho se dice poco. No pretendo malinterpretaciones, no es defecto del autor. Es pura técnica. Los personajes que meditan se van encontrando incomunicados frente a todos los que se rinden a la pasividad o actúan sin reflexión. Comienzan a notar que cuando se pretende hablar de sentimientos o ideas se quedan solos, puesto que la gran mayoría rechaza todo mínimo esfuerzo intelectual. Un ostracismo involuntario al que se llega por decisión propia. En el peor de los casos, podrían acusarles de conspiración contra la ley.

En ese mismo sentido, por contrastarla con otra de las grandes obras distópicas del siglo XX, Orwell describía en 1984 cómo las autoridades intentaban reescribir el pasado y así manipular el presente. En Fahrenheit 451 simplemente buscan distraer. Que no se hable, que no se reflexione. Sólo engulle la programación, actúa cuando te digan que actúes y no necesitas saber más. De nuevo, el silencio como guillotina.  

Mi edición de Debolsillo
Foto por Alberto Revidiego

Escrita con un lenguaje accesible, realza la intención del autor de llegar a cualquier lector que pretenda pasear por una sociedad en la que sentirse anulado o perseguido. Además se connota cierta intención provocativa, de romper con “la tradición por la tradición”, de despertar un espíritu crítico. Todo ello, con descripciones de la tecnología aplicada a elementos cotidianos que hacen más atractiva su lectura, pues da la sensación de mirar un mundo paralelo, que es el nuestro (actual de 2019) pero con sutiles diferencias.

Disfrutarán con especial intensidad de esta novela aquellos lectores que se sientan parte de la resistencia. Esa voluntad de forcejear ante una rutina en la que es muy fácil caer entre pantallas y charlas superfluas. Aquellos que les gusta divagar, cuestionarse los porqués que hacen que todo funcione a su alrededor. En definitiva, la gente despierta. Por supuesto, la comprenderán mucho más rápido aquellos que alguna vez han sentido la necesidad de hablar con una mayor profundidad o compartir un descubrimiento y no han tenido la suerte de dar con ese interlocutor necesario. Pero, en definitiva, es un libro para todos. Seduce con ese hilo que incita a saber qué sucederá al bombero Montag una vez que se va complicando lo que él  creía una vida plena.

Arranca la novela narrando:

Era estupendo quemar. Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos, cómo cambiaban. Con la boca de latón en sus puños, con aquella gigantesca pitón escupiendo su queroseno venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director orquestando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los jirones y las ruinas tiznadas de la historia.” 

Disfruten del viaje, futuros lectores.

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