La marca latente

Foto por Conrad Ziebland

La marca latente

Larga es la noche cuando cae sobre aquel que no la desea. No se atisbaba una estrella allá arriba. La embarcación concurría por las aguas gobernada por un silencio perfecto. Apenas chocó con una base de piedras y sedimentos, cuando una figura saltó de la misma y arrastró su capa por aquella superficie líquida hasta alcanzar la tierra. Allí renunció a ese exceso de ropaje, se descalzó y se adentró en el bosque que nacía a pocos metros del mar.

Condujo sus pasos en aquella oscuridad a base de memoria e intuición. Conocía bien su hogar. O el que había sido su hogar. Él mismo no lo tenía claro. Al cabo de veinte minutos, tomó asiento tras unas rocas y se dispuso a observar. El poblado estaba en calma. Había restos de hogueras y ofrendas a los dioses. Dedujo que a esas horas de la madrugada la mayor parte de ellos estarían dormidos o borrachos. Atisbó movimiento alrededor de la hoguera mayor, en el cerco frente a la casa de su líder. Una casa desprovista de autoridad legítima, puesto que aquel a quien sus vecinos siguieron hacia nuevas tierras que saquear, su notorio líder, guerrero consagrado, fue asesinado por los mismos que le proclamaron señor de aquellas tierras. Y con ese extremo afilado, también se llevaron a todos sus defensores por delante. A todos menos a uno.

Se deslizó hacia la cabaña más próxima, agazapándose en la sombra de la noche. Empuñó con suavidad su hacha, mientras aguzaba su oído a los ruidos que tan familiares le eran. Unas voces se alzaban al otro lado del camino principal, probablemente aquellas situadas al abrazo de la hoguera. Siguió concurriendo las sombras, de hogar en hogar, como un sueño recurrente, hasta saltar una pequeña valla fabricada con maderos y zarzas. Se internó en un espacio circular en el que un robusto caballo negro, apenas recortado en la oscuridad, se inquietaba con su presencia. Él comenzó a susurrar una canción que aprendió de su madre cuando era apenas un niño. Una canción del fin del mundo.

Por algo le decían que era el hijo de Sköll. Cuando era pequeño ese sobrenombre, que no reconocía su origen, le torturó continuamente. Como si mirase sus manos y sintiese la sangre culpable y destructora corriendo bajo la piel. Y él no se sentía así, en absoluto. En su instrucción como guerrero, en su aportación con la caza o construcción, siempre se había esforzado en ser el mejor sin ser indigno. Pero la marca de aquellas palabras le forjaba una máscara que el resto le ponía en su rostro con solo mirarle. Daba lo mismo ya. No era un niño. Había asimilado esa máscara, que había yacido latente bajo la piel de aquellas manos, bajo sus ojos y dientes. Si había conseguido volver era precisamente para ondearla con orgullo. Sabía que el ojo ciego de Odín le excluía del favor de los dioses. No obstante, en aquella noche sin luna todo era diferente.

Abrió la verja, tomando con su otra mano las crines del caballo y ambos salieron del reducto hasta la sombra más próxima. Las pisadas de la bestia promovieron en un infante barbudo la necesidad de salir y averiguar quién merodeaba fuera de su casa. El impacto del hacha en su pecho fue tan contundente que le hizo caer al instante, sin tiempo a tragar el aire helado que allí corría. El hijo de Sköll se agachó para limpiar su arma en aquel cadáver cuando unos ojos pardos le medían por completo.

Un enorme can se aproximaba desde el interior de la vivienda, emitiendo un gruñido continuado que hacía vibrar el aire. Él extendió la mano hacia el perro, bajando unos grados sus dedos corazón y anular, sin apartar sus ojos grises de los del animal. Con aplomo, volvió a cantar en voz baja la canción del fin del mundo, calculando con precisión el arco que haría en el aire su hacha si no conseguía someter su instinto. En ese minuto con el arma junto a su rodilla flexionada y su brazo extendido, su voz se comenzó a fundir con las proclamas que Thor lanzaba en el cielo, más allá de las cordilleras del este. Pero en aquel lado del mundo, en la noche más oscura, el hijo de Odín tenía vetada la asistencia. Culminó la canción y contuvo el aliento. El can lo rodeó sin ceder en su gutural desafío. Volvió a su mano extendida, sin apartarle la mirada, y pareció aceptarle como a un igual.

El hombre tomó de nuevo las crines del caballo, conduciéndolo hasta un árbol, más allá del camino. Allí, ató su pata a una tosca raíz sobresaliente con el cinturón del infante abatido. Lo utilizaría en su retirada. Una vez comprobada la firmeza del lazo, observó que el perro había decidido seguirle en la oscuridad. Recordó que, ante todo, debía recuperar la colección de legajos que un esclavo britano fue obligado a escribir. En ellos se recogieron las aventuras de su líder, ahora difunto, y la expansión de las primeras incursiones por los mares, al cobijo de los dioses. Los mismos dioses que hacía tan sólo horas les habían dado la espalda.

Esa colección, que los britanos llamaban algo parecido a “Buk”, sería el legado más importante del legítimo líder. Y él, el hijo de Sköll, por el que nadie confiaba, el último superviviente de los fieles, el nieto de Fenrir cuyos colmillos llevaba tatuado en su brazo, se encargaría de abrirse camino de nuevo. Con su hacha, contra dioses y espíritus, por encima de los cuerpos de los indignos, llegaría al arcón donde lo guardaban y huiría con él más allá de las cordilleras, hasta reunir fuerzas, hombres, escuderas y razones para retomar su hogar, con el sonido de un centenar de cuernos bramando, y sembrar un nuevo tiempo bajo un viejo estandarte.

Echó la mano al barro y con ello dibujó sobre sus ojos dos líneas verticales que le cruzaban el rostro. Miró a los ojos pardos del animal y este parecía consentir acompañarle. Se adentró descalzo por la tierra de sus antepasados, con el hacha sujeta con firmeza, hacia los destellos y sombras del círculo de fuego.